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Un secretario de Guarderías y Estancias Forzadas

Denigración. No obedece a un rapto de sinceridad sino de cinismo que el secretario de Educación confiese que en las últimas semanas de clase en realidad no hay clases. Y que ‘sólo’ se mantienen las aulas abiertas para el ‘conteo’ de los días de trabajo que ordena la ley. Y que todo sea parte de una operación oficial -derrotada por la indignación ciudadana- de cerrar las aulas para dejarle la ciudad al Mundial. Una (mala) comedia de equivocaciones, acompañada de una sucesión de mentiras, inconsistencias y contradicciones.

Regresión. El solo hecho de que el secretario usara su confesión para aferrarse a una fallida operación de cierre de escuelas habla de un trastocamiento radical de las funciones del titular de una dependencia a la que se le debería asignar un alto valor estratégico y no usarla de refugio de políticos en entredicho y de activistas acelerados. Como si no fuera suficiente el fiasco de la llamada ‘nueva escuela mexicana’, sus indefendibles libros de texto y el discurso ‘izquierdista’ que el propio Lenin combatió como ‘enfermedad infantil’, pero que dominó por siete años perdidos, regresivos, desde un cuarto nivel burocrático, la función educativa del régimen, sobre cuatro titulares de la SEP.

Emergencia. Una confesión así del responsable de la educación tendría que conducir un plan de emergencia para utilizar esas y las demás semanas del año a elevar, desde el subsuelo al que han llevado la función educativa, el mayor aprovechamiento escolar de los alumnos, hoy por hoy, entre los más bajos del mundo.

Secretario de Guarderías. Por lo pronto, la presidenta no tuvo más remedio que ordenar la retirada del nuevo intento de degradación de la función educativa, aunque el titular de la SEP sea nombrado, en sus términos, como secretario de Guarderías y de Estancia Forzada de niños y maestros.

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