México es un país de principios, parece que no podemos terminar nada. No terminamos de entender, por ejemplo, que la amenaza de intervención norteamericana va en serio. La presidenta ha decidido, a pesar de las décadas acumuladas de experiencia diplomática frente a Estados Unidos, tapar el sol con un dedo.
Para Sheinbaum no es real una posible intervención (anunciada por el presidente, el vicepresidente y el secretario de Guerra norteamericanos), para ella todo se explica como una conspiración (un compló) de la derecha internacional contra su gobierno, operación que involucra a CNN y a The New York Times, a la ONU y a la OEA.
Frente a esa amenaza mundial, la presidenta alza el dedo índice, lo interpone entre el sol de la evidencia y su mirada científica y declara: no hay problema, es un complot, el mundo nos envidia y por eso quieren acabar con mi gobierno.
Como política oficial nuestro gobierno ha adoptado la mentira. Afirma Sheinbaum que no extraditará a Rocha Moya porque no hay pruebas, pero ella sabe que el Tratado de Extradición no exige mostrar pruebas para extraditar. Dice que no hay pruebas de que Rocha Moya haya sido ayudado por el "Cartel de Sinaloa" para ser gobernador de Sinaloa, pero ella sabe que las pruebas se presentaron, que el INE de Sinaloa las rechazó (la hermana del senador Inzunza presidía ese INE), por lo que tuvieron que ser presentadas ante la OEA y la CIDH. Pruebas hay, lo que no hay es ganas de verlas.
Pero no se puede tapar el sol con un dedo. De nada sirve esconder la cabeza en la tierra como avestruz. La realidad, terca, volverá a tocar la puerta, cada vez con mayor fuerza. Sheinbaum se niega a extraditar a Rocha Moya no por principios, ni porque defienda a la soberanía nacional, se niega a entregarlo porque sabe que si lo entrega pedirán pronto a otro, y luego a otros más hasta llegar a los hijos del expresidente y luego al expresidente. Sheinbaum puede mentir a la nación. Puede simular frente a la galería un gallardo nacionalismo. Pero nosotros no tenemos por qué acompañarla en su mentira. Lo mejor es ver las cosas como son.
¿Y cómo son las cosas? México es un narco-Estado. Varios de los mandatarios estatales que hoy gobiernan responden a las órdenes, o son socios, de los grupos criminales. El narco está metido en nuestras fuerzas de seguridad (el que lo dude que explique el gigantesco fraude del huachicol fiscal operado por destacados miembros de la Marina). Hay diputados, senadores y jueces vinculados al crimen organizado. Y por si eso fuera poco, ahora mismo gozamos el triste espectáculo de una presidenta fuertemente comprometida en la defensa de un presunto gobernador vinculado con el narco. Si camina como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, ¡es un narco-Estado!
Esa es nuestra realidad. Va a costar mucho trabajo quitarnos de encima ese lastre. Por lo pronto Morena (sus políticos y sus torpes comentaristas) ha asumido la defensa hipócrita de los delincuentes. Hipócrita porque la asume simulando que defiende “la soberanía”. Cada vez menos mexicanos se tragan esa simulación. Es probable que, al elegir la defensa del narco, Morena haya comenzado a gestar su suicidio.
¿Qué podemos, qué debemos hacer los ciudadanos, si el gobierno ha decidido defender a los narcotraficantes? El narco “es pueblo”, dijo López Obrador. La parte podrida del pueblo. La parte que asesina, tortura y desaparece. Morena optó por vincular su suerte a la de los delincuentes. No tenemos por qué acompañar ese salto al abismo.
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