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Maestros

Con mucho cariño para Pepe Carreño, por la partida de Luci

El viernes pasado celebramos a los docentes. Yo tuve la fortuna de encontrar a la maestra Chela —fallecida el pasado 30 de abril— y su esposo, el maestro Pepe.

José de Tapia, el maestro Pepe, nació en Córdoba, España, en 1896. Enseñó en un pueblo de la Sierra Morena. De día daba clases a los niños; de noche enseñaba matemáticas y esperanto a los obreros, mientras leían a Bakunin. Para él, el anarquismo no era caos, sino libertad sostenida por disciplina y respeto. Después ganó por concurso su plaza docente y fue trasladado a Cataluña, donde conoció a Patricio Redondo y Herminio Almendros. Con el impulso educativo del gobierno de Azaña durante la República, iniciaron el movimiento Freinet en Cataluña. La Guerra Civil lo llevó al frente. La derrota republicana, a campos de concentración en Francia. Después se unió a la resistencia contra los nazis. Terminada la guerra, Redondo lo invitó a San Andrés Tuxtla, donde había fundado la primera escuela Freinet en América.

Célestin Freinet, maestro francés, se rebeló contra la pedagogía tradicional. Enseñar no era dictar lecciones, sino despertar el interés y enlazar el aprendizaje con la vida de los alumnos. Por eso el maestro debía ser “creador, inventor, constructor, poeta, escritor, artista, músico, psicólogo y filósofo”. Sólo así podían formarse mujeres y hombres libres: “Un educador que no siente gusto por su trabajo —decía Freinet— es un esclavo de su medio de sustento y un esclavo no podría preparar hombres libres y audaces”.

Graciela González Mendoza, la maestra Chela, nació en México en 1931. En 1956, una compañera le regaló La imprenta en la escuela, de Herminio Almendros, y así descubrió la pedagogía de Freinet. Después obtuvo una beca y trabajó con él en Francia. A inicios de los años 60, ella y Pepe enseñaron juntos en una escuela rural de Tláhuac. La rigidez burocrática del gobierno terminó por decepcionarlos y decidieron fundar una escuela donde pudieran enseñar con libertad. Así nació, en 1964, la Manuel Bartolomé Cossío.

En la Bartolomé, decía Chela, “mi gran preocupación es ver a los niños contentos en la escuela”. No buscaba acumulación de datos, sino “una sabiduría para la vida”. En 1983 ingresé a aquella escuela. El maestro Pepe enseñaba ciencias naturales a los primeros grados de primaria: cada lección terminaba en un experimento donde la realidad confirmaba lo aprendido. Los niños le aplaudíamos de alegría. Chela me enseñó a leer, a escribir y matemáticas con sus clases de cálculo vivo. Fui feliz y aprendí a ser libre.

Cuando recorrí las escuelas del país conocí a miles de docentes que enseñaban con el mismo amor que Chela y Pepe. Pero muchos hacen un trabajo heroico: enfrentan carencias profundas y viven bajo una estructura de dominación sindical que subordinan la enseñanza a intereses políticos.

Desde la década de 1930 los gobiernos cedieron al sindicalismo el control de la profesión docente a cambio de votos. En 1943, al unificarse el gremio en el SNTE, nació un cogobierno corporativo. Para los años 60 —como narra Torres Bodet— las candidaturas importaban más que enseñar. La CNTE nació en 1979 para democratizar al gremio, pero terminó reproduciendo prácticas clientelares.

La reforma educativa buscó que el Servicio Profesional Docente sustituyera la discrecionalidad sindical: plazas y ascensos comenzaron a decidirse por concursos. Los economistas Estrada y De Hoyos demostraron que los maestros seleccionados por mérito estaban mejor preparados y sus alumnos aprendían más.

Hoy regresó el viejo pacto político-sindical. Para devolver a los maestros su libertad, necesitamos recuperar el debate sobre cómo conjurar el corporativismo sindical en las aulas. Es el mejor regalo que podemos dar a nuestros docentes.

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