...

Información para decidir con libertad

Los verdaderos enemigos de la presidenta

Decía Mao que “la pregunta principal de la revolución” es  “¿Quiénes son nuestros amigos? ¿Quiénes nuestros enemigos?” No estoy seguro que el viejo tirano supiera bien a bien quiénes eran sus amigos (porque los cambiaba constantemente, cuando no los ejecutaba o mandaba a un campo de reeducación), pero es claro que en su mentalidad regresiva y despótica se ocupó sobre todo de distinguir a sus “enemigos”. Y en la tarea de hallarlos y acabar con ellos, nunca estaban de más uno o dos millones de muertos, siempre que eso le diera tranquilidad para continuar con sus delirantes objetivos. 

Las izquierdas populistas y autoritarias de hoy, sin haber conseguido hacer ninguna revolución, tienen los mismos reflejos y suelen hacerse la misma pregunta porque viven en la paranoica situación de tener que culpar a alguien de su fracaso; y este, por supuesto, siempre es obra de sus enemigos.

Por lo que hemos visto, la izquierda cavernaria que llegó al poder en México en 2018 se ha hecho la misma pregunta que Mao, pero creo que la viene respondiendo de forma equivocada, particularmente en esta coyuntura tan incierta y peligrosa.

Como presidente,  Andrés Manuel López Obrador mantuvo dos convicciones que han guiado la respuesta de la llamada 4T a este tema. Una es que todos los enemigos son externos a su movimiento. La otra es que al interior no puede haber enemigos, porque todos son incondicionales o leales, como se les dice eufemísticamente. En cierto modo tenía razón: además de la proliferación de militantes fanáticos, la 4T supo montar la farsa de que sus principios son la unidad y la causa común, de ahí que la primera y última regla de Morena fue, ha sido y es la subordinación ciega y la obediencia abyecta.

Claudia Sheinbaum compró todas estas premisas y llegó a la Presidencia con la certidumbre que le proporcionaba su gran popularidad y la garantía de que había, en caso de emergencia, un piloto automático (en La Chingada). Sin embargo,  le ha tocado lidiar con una tormenta que ha ido convirtiéndose en un auténtico huracán que se ha llevado por lo pronto varios puntos de su aprobación, la fachada de su movimiento “humanista” (dejando al descubierto sus ligas con el crimen organizado) y que amenaza con destruir las bases mismas de la legitimidad de su gobierno.  

Convencida de que todos los males vienen de fuera y de un puñado de “traidores” que piden la intervención foránea, como ya había planteado su líder y maestro, no ha sabido ni querido descubrir, ni siquiera a estas alturas del desastre, quiénes son sus verdaderos enemigos.   

Y no, no son lo que con tanto desprecio enumera en sus conferencias mañaneras: periodistas e intelectuales insidiosos, gobiernos y organismos extranjeros obsesionados con México, opositores “traidores a la patria” o cualquiera que piense distinto. Qué va. Ninguno de los que ella cree que conspiran para “que le vaya mal al país” han podido dañar más a su movimiento que aquellos a los que ella tiene por amigos.

Es decir, por incréible que le resulte, ni el más acérrimo enemigo de Morena le ha dado tantos golpes a su proyecto como el propio expresidente López Obrador, su parentela y los que formaban parte de su primer círculo, así como los que luchan diariamente por sobresalir  (puesto que la competencia está muy cerrada) como las figuras más repulsivas de Morena.

Aunque la presidenta se resista a creerlo, lo que más nubla el futuro de su gobierno es aquello a lo que ella más se aferra: el legado de AMLO.  Así, sus principales enemigos son los “amigos” a los que se obstina en defender. Y paradójicamente, sus “enemigos” (incluso los extranjeros) son los que le ofrecen una salida legal, institucional y hasta decorosa al peligroso callejón en el que se encuentra. 

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp