Supongamos que si, por gracia divina, el día de mañana el gobierno mexicano decreta cosas como, por ejemplo, aumentar el gasto educativo a 8% del PIB, incrementar 100% el salario de los maestros y extender el calendario escolar a 250 días ¿podemos esperar sensatamente que, pasado mañana, van a mejorar en automático los logros de aprendizaje y los niveles de desempeño de los alumnos?
Dios, ciertamente, es muy poderoso… pero hay que ayudarle. Veamos.
Más allá de los lugares comunes y la holgazanería intelectual, hay que dejar de lado la retórica política y académica que simplifica el problema, para insistir en que los progresos educativos reales son resultado de un ecosistema cuyas distintas piezas funcionen en un ambiente de estabilidad, continuidad y consistencia, todo lo cual no existe en México.
Por tanto, urge pensar fuera de la caja para ir de los “qué” a los “cómo” en el diseño, la formulación y la ejecución de políticas educativas efectivas y evaluadas.
En otras palabras, de nada sirve repetir lo que está mal si no se sabe diagnosticar, intervenir, tratar y sanar al paciente.
Por ejemplo, ¿cómo hacemos para enfrentar los resultados del Estudio Regional Comparativo y Explicativo de UNESCO (2019), del que México se retiró olímpicamente, donde 58.4% de los alumnos mexicanos de 6º grado aparecen por abajo del “nivel mínimo de competencias” en lectura y 62% en matemáticas?
¿Cómo vamos a mejorar el desempeño de los niños mexicanos en PISA que mostró en 2022 que 34 % de los estudiantes apenas alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemáticas frente al promedio OCDE que fue de 69%? ¿O en lectura, donde 53% de nuestros estudiantes andaba en ese nivel, mientras el resto registró 74%? ¿O en ciencias, que ubicó a los nuestros en 49% frente al resto que promedió 76%?
¿Cómo vamos a superar los hallazgos de la primera evaluación diagnóstica que presentó Mejoredu en 2023 que informó que en lectura, matemáticas y formación cívica los alumnos mexicanos de 2º de primaria a 3º de secundaria sólo acertaron en las pruebas, en promedio, 44% de los reactivos?
¿O de la segunda evaluación de Mejoredu, en 2025, edulcorada con el eufemismo de Ejercicios Integradores del Aprendizaje en cuatro campos, donde nuestros estudiantes de nivel básico lograron apenas 11.75 puntos sobre un máximo de 20? Es decir, reprobados.
¿Cómo abatir 47.6% de “pobreza de aprendizajes” que padecen los niños mexicanos de 6º de primaria?
¿Cómo enfrentar la práctica morenista de "basificar" maestros (es decir, regularizar, contratar o designar discrecionalmente, sin tamiz de calidad ni concursos de verdad) para incorporar por ese atajo a 960 mil presuntos docentes entre 2019 y 2024? ¿Cómo regularizar (o no) el hecho de que, según Mejoredu, haya 156 mil personas que ejercen como docentes sin tener título profesional para ello?
¿Cómo mejorar y transparentar la composición del enorme gasto educativo del que 93% va a salarios y prestaciones del personal docente y administrativo sin ninguna evaluación de desempeño o una contraprestación asociada a resultados en logros de aprendizaje? ¿Cómo impedir (o sancionar, en su caso) que los recursos federales transferidos a ciertas entidades sean triangulados hacia las arcas de los sindicatos magisteriales?
Pues bien, estas son algunas de las cuestiones críticas. Dejémonos, pues, de fruslerías y pasemos a un nivel de análisis más elevado, inteligente y exigente.
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