Han pasado ocho décadas desde que Schumpeter advirtió con buen juicio que la democracia no es el pasaporte al paraíso prometido ni el Santo Grial ni el gobierno del “pueblo” sino un mecanismo pacífico, periódico y competitivo para seleccionar y cambiar, mediante reglas, a las élites que gobiernan.
Pero como suele suceder, las sociedades, sus valedores y analistas, y algunos de sus líderes decadentes, como los reunidos días atrás en España (porque hasta donde sé Barcelona es España), prefieren la ley del menor esfuerzo y creyeron que las olas democráticas traerían aparejado automáticamente el progreso, la santidad, la pureza, el amor… Pero, oh sorpresa, no era así.
Quienes captaron que este camino es muy complicado no fueron los fans de la democracia sino los de la autocracia que, sin recato ni pudor, ofrecieron el atajo del subsidio y las becas, la comida gratis y la felicidad plena, porque, según ellos, el modelo pasado no había funcionado.
Pero ¿realmente no funcionó? Veamos los datos.
En una perspectiva global la evidencia muestra que nunca el mundo ha contado con mayores recursos de todo tipo, nunca ha vivido mejor ni tiene las generaciones más preparadas, y las proyecciones, bajo determinados supuestos, pueden ser razonablemente buenas a mediano plazo.
Según Human Progress y Our World in Data, dos iniciativas que recopilan, analizan y evalúan datos sólidos de cientos de fuentes confiables, desde 1820 el tamaño de la economía mundial aumentó más de cien veces mientras que la población mundial creció ocho veces. Entre 1500 y 1820, el producto bruto mundial creció aproximadamente un 0.3 por ciento anual; luego se aceleró hasta 1.3 por ciento en torno a 1900 y desde entonces el crecimiento ha promediado más de 3 por ciento anual.
Por su parte, de acuerdo con Banco Mundial, 42 por ciento de la población mundial vivía en pobreza absoluta en 1981, pero el ritmo de reducción se ha acelerado. Su más reciente medición calcula que la proporción global de habitantes en pobreza extrema cayó a 10 por ciento en 2025.
Probablemente por políticas públicas bien diseñadas, formuladas y ejecutadas, han sido posibles otros avances. En 1960, la esperanza de vida al nacer era de 51 años y en 2023, de 72 años, un aumento de 41%. De cada mil niños nacidos vivos en 1990, 64 morían antes de cumplir un año; en 2022, esa cifra era sólo de 28, un descenso de 56%. Entre 1960 y 2024, el ingreso por persona pasó de 3 mil 650 dólares a 13 mil 631 dólares, es decir, un aumento, ajustado por la inflación, de más de 220%. En 1950, los años de escolarización que una persona entre 15 y 64 años podía esperar recibir normalmente era de 3.1 y en 2022 alcanzó los 8.8 años, es decir, 184% más. Las clases medias pasaron de mil 800 millones de personas en 2010, a alrededor de 4 mil millones a finales de 2022, y se proyecta que en 2030 serán unos 5 mil millones.
Desde luego que, como todo promedio, estos datos arrojan un paisaje matizado si se examinan granulados por países o estratos socioeconómicos, pero la moraleja es clara. La boleta electoral es el ladrillo, pero la casa del progreso real y sostenible exige algo más: gobiernos preparados, capaces y muy competentes, Estado de derecho, economías abiertas, instituciones fuertes, políticas públicas de calidad y entornos internacionales favorables.
Justo todo aquello de lo que hoy México y buena parte de América Latina carecen.
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