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De Las Casas a Felipe VI: el puente que viene

El jueves 25 de junio, el rey Felipe VI hará una escala breve en Palacio Nacional —una visita atada a la agenda mundialista, rumbo al partido que España juega en Guadalajara— donde se reunirá con la presidenta Sheinbaum, que ya anticipó que le hablará de los pueblos originarios. Con el rey regresa, puntualmente, el viejo reclamo: que la corona pida perdón por la Conquista.

Antes de discutir si debe hacerlo, conviene volver a Bartolomé de las Casas. No para que Las Casas absuelva a España, sino para obligarla a medirse con lo mejor de su propia tradición crítica. En el siglo XVI, fray Bartolomé forzó a la corona, a los encomenderos, a los juristas y a los teólogos a hablar el lenguaje de la justicia.

Esos cuestionamientos cambian los términos del debate de hoy. La relación entre México y España no reclama otra escenificación de culpa, sino la madurez de reconocer lo ocurrido sin empobrecerlo en una narrativa victimista. Anclarse en el agravio es renunciar al porvenir. Ya en 1990, en Oaxaca, el rey Juan Carlos I dio ese paso ante representantes de los pueblos indígenas: reconoció los abusos de la Conquista y recordó que la prudencia de la corona fue a menudo desoída por encomenderos y funcionarios. No por azar, en aquel mismo discurso elogió a Las Casas como modelo de conciencia. Hubo errores y excesos en la Conquista, por supuesto; pero también derecho, universidad, imprenta, lengua, arte, ciudad, mestizaje, evangelización, litigio indígena, pensamiento crítico y esa compleja construcción novohispana que también es raíz de México.

De ahí que pedir hoy una disculpa resulte menos profundo de lo que aparenta. Una disculpa clausura; una tradición crítica obliga. Si Las Casas importa en el presente no es porque anticipe una ceremonia diplomática de arrepentimiento, sino porque demuestra que la conciencia moral del mundo hispánico nació dentro de su propia historia.

La economía muestra algo parecido. El daño reciente no nació de una ruptura, sino del desgaste de la confianza política. Durante el gobierno de López Obrador, la relación se tensó con la carta de 2019, la exigencia de perdón y, sobre todo, la "pausa" anunciada en 2022. El comercio no colapsó, pero el ánimo empresarial se volvió defensivo. La inversión española siguió siendo estructural: un stock que supera los 53 mil millones de euros y miles de empresas que operan en el país. De hecho, en 2024 la inversión directa creció cerca de un 69%, aunque las nuevas inversiones aún no despegan y la financiación entre filiales enturbia la lectura. No hubo retirada, pero sí más cautela.

El intercambio, en cambio, sigue vivo. En junio de 2026, ambos gobiernos acordaron duplicar para 2030 un comercio que hoy ronda los 10 mil millones de euros anuales, sobre una inversión bilateral cercana a los 100 mil millones. La visita de Felipe VI no debería leerse como el cierre de una herida colonial, sino como la ocasión de abandonar una discusión estéril y volver a construir: cooperación histórica en archivos, fuentes y patrimonio compartido; académica en torno a Salamanca, la Nueva España, el derecho indiano y las lenguas originarias; artística en museos, exposiciones y creación contemporánea; económica en inversión, energía, innovación e industrias culturales.

México no tiene por qué asumirse víctima perpetua, ni España culpable eterna. Una nación que se define por sus heridas se incapacita para imaginar lo que viene. Ambos países pueden reconocerse herederos de una historia común, conflictiva y fecunda. La disculpa mira atrás para cerrar; el puente mira atrás para fundar. Esa es la conversación que deberíamos tener.

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