Si las encuestas previas son acertadas, todo indica que Abelardo de la Espriella se convertirá en presidente de Colombia, lo cual profundizará el viraje en América Latina hacia la ultraderecha. Mala noticia que los ultras –sean del signo que sean— se apropien del poder de cualquier país, pues además de que sus programas y políticas son terriblemente ineficaces –la ideología domina las decisiones políticas— profundizan la división y polarización de las sociedades, ya que gobiernan para sus sectas y excluyen a los diferentes y a todos sus opositores. Intolerancia, ineficacia, autoritarismo, exclusión, represión. El Salvador o Cuba, el signo no importa.
En lo que va de este siglo, Latinoamérica ha tenido muchos gobiernos de izquierda: Brasil con Lula tres veces; Argentina con los Kirchner y luego Alberto Fernández; en Chile Bachelet fue dos veces presidenta y luego Boric; Evo Morales gobernó 13 años Bolivia; Correa presidió Ecuador ocho años; Uruguay tuvo a Pepe Mújica y Tabaré Vázquez; el socialismo del siglo 21 de Hugo Chávez hizo lo que quiso con Venezuela un cuarto de siglo. Colombia, después de décadas de gobiernos de centro y derecha, tuvo en Gustavo Petro un primer gobierno de izquierda.
Esa ola roja de distintos tonos fue la respuesta al urgente, justo e histórico reclamo de igualdad e inclusión de parte de los sectores mayoritarios de sociedades pobres y desiguales por siglos. En general, aunque con muchos matices, se aplicaron políticas redistributivas que tuvieron eficacia diferente, pero positiva en términos de reducción de la pobreza y mejoras importantes en el acceso a derechos sociales. En México, tardíamente con respecto al resto del continente, AMLO y Sheinbaum han seguido la misma receta: los incrementos salariales y el redireccionamiento del gasto público a las transferencias monetarias han reducido la pobreza de manera importante.
Sin embargo, algo resultó mal porque el modelo ni se ha generalizado ni ha podido sobrevivir. En los últimos años el viraje a la derecha ha sido drástico. En 2010, doce de 20 gobiernos latinoamericanos eran de izquierda; hoy en caso de que se confirme el triunfo de Espriella en Colombia, solo quedarán cuatro: México, Brasil, Guatemala y Uruguay (más Cuba y Nicaragua de izquierda dictatorial, aunque a Cuba parece que no le queda mucha vida). Y han llegado gobiernos radicales de derecha con tendencias autoritarias, excluyentes y punitivas severas: Milei en Argentina; Bukele en El Salvador, Noboa en Ecuador; Kast en Chile; Fujimori en Perú; Mulino en Panamá, etc.
Es innegable que Trump y la derechizada agenda de seguridad nacional de EU han catalizado el proceso y abiertamente han apoyado a los candidatos de derecha radical. Pero la responsabilidad primaria y más importante del viraje debe buscarse en los errores de los gobiernos de izquierda. En primer lugar, no han sabido compatibilizar economías de mercado bien reguladas, productivas y competitivas con políticas de redistribución de la riqueza. El modelo de Lula en sus dos primeros periodos no pudo superar la dependencia del modelo exportador de materias primas a China; Argentina con los Kirchner fue un desastre que terminó en una hiperinflación monstruosa; Chávez y Maduro no solo destrozaron la economía, sino al país entero y obligaron a emigrar a ocho millones de venezolanos.
América Latina es la región del mundo más violenta, no por guerras civiles, sino por el poderío del crimen organizado; la izquierda tampoco prestó mucha atención al problema, lo minimizó y ahora es de los principales reclamos de pobres y ricos en casi todos los países (Colombia, Perú, Ecuador, Chile). No en balde ahora es muy atractivo el modelo Bukele, así que veremos más derechas punitivas en la región.
Una tercera causa es la corrupción y la tentación de eternizarse en el poder. Resulta que la izquierda salió muy buena para convertir los recursos públicos en patrimonio partidista: los escándalos en Brasil y Argentina son de antología; en Perú expresidentes de izquierda acabaron en la cárcel o en el extremo Alán García se suicidó antes de ir a la cárcel. Evo Morales acabó acusado de intentar un golpe de Estado.
Mucho para que los protagonistas de la 4T y sus adictos reflexionen.
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