Euforia. Cuando buena parte del país ya tenía planes definidos de reunión para ver el partido México-Chequia, en la mañanera de este miércoles la presidenta dijo no saber dónde lo vería. Lo haría con su esposo. Quizás Sheinbaum jugaría con el marcador antes de decidir entre las recomendaciones de sus guardias de seguridad y la de sus asesores de imagen. Unos abogarían por un sitio protegido: sus habitaciones. Otros, por un buen emplazamiento de cámaras sobre sus clientelas movilizadas para fabricar con ella la imagen de una presidenta rodeada de la euforia de su pueblo, si ése fuera el caso, o para evaporarse para marcar distancia con la frustración, si fuera el caso contrario.
Dinámica de muchedumbres. Quién sabe si los equipos palaciegos -o los del gobierno de la CDMX- revisaron estudios de recepción de mensajes trasmitidos por este tipo de espectáculos de consumo colectivo, cargados de emociones, con frecuencia, alteradas, y conductas de exaltación o turbación, antes de tomar la decisión de incentivar estas concentraciones a través de la instalación de pantallas gigantes en el Zócalo y otros sitios. Los vergonzosos, preocupantes comportamientos en El Ángel por el triunfo sobre Corea podrían resultar juegos de niños ante la eventual frustración potenciada en la muchedumbre ante un resultado adverso, la noche del miércoles. Es muy variable la decodificación y la reacción de espectadores del partido, solos o en pequeños grupos homogéneos, a las que se generan en grupos mayores y diversos, pero en relativo control, como un bar o un restaurante, o en muchedumbres susceptibles al contagio de la agitación y de actitudes y conductas desbordadas.
Desbordamientos. Para cuando usted lea estas líneas ya se sabrá si la dispersión de más pantallas en la ciudad descongestionó las mayores concentraciones y conjuró desenfrenos. Y si pasamos invictos a la siguiente fase.
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