Hoy en Palacio Nacional deben estar lamentando haber desdeñado el Mundial de Futbol como un "compromiso asumido por Peña Nieto", al que no valía la pena ni acudir a su inauguración.
No les gusta el futbol porque menosprecian las emociones espontáneas que son ajenas a la política, de la misma manera que deploran la poesía y las canciones que no asumen un “compromiso con el cambio social”.
Desde luego hay personas que aborrecen el futbol porque les parece absurdo, como fue el caso de Borges, Wilde o Umberto Eco. Y en nuestro país, Carlos Monsiváis y Otto Granados, por ejemplo.
Pero la aversión de nuestros actuales gobernantes a ese deporte viene de una formación política que les enseñó que “el futbol es el opio de pueblo”.
Fueron educados en la escuela política del resentimiento.
Y como prácticamente todo lo miden -ahora que están en el gobierno- en función de la rentabilidad electoral, deben estar arrepentidos de culpar a Enrique Peña por traer el Mundial a México y que la presidenta no haya asistido a la inauguración.
En días previos al juego contra Chequia, Javier Aguirre repitió una y otra vez que “nosotros jugamos, no resolvemos problemas del país”.
Aguirre sabe que no es así.
Que haya 400 mil personas en el Ángel y en Reforma por un triunfo de la selección es un bálsamo contra la polarización y el encono que tiende a expandirse en la sociedad.
Lo de Aguirre nos recuerda a Salvador Bilardo, entrenador de Argentina en el Mundial de México 1986. En los entrenamientos previos al juego contra Inglaterra, recién pasada la guerra por La Malvinas, repetía a sus jugadores: “Es solo fútbol, es solo fútbol, es solo fútbol”.
Jorge Valdano, integrante de esa selección en el mítico juego Argentina-Inglaterra, escribió esta semana en El País: “Pero llegó el día (del juego) y el silencio sepulcral del vestuario hablaba de algo más que un partido. Ahí dentro parecía estar la patria diciéndonos lo contrario de Bilardo: "No solo es fútbol”.
El juego unificó a Argentina, elevó a Maradona al altar de las adoraciones populares, más alto que cualquier general, y de la magia de los dos goles de Diego se han enterado nuestros hijos y los conocerán nuestros nietos, y los nietos de nuestros nietos.
Al que no le gusta el futbol porque es un entretenimiento inferior, adelante, se respeta. Como a Claudio Arrau, que no le gustaba tocar a Rajmáninov porque era “música para películas”, y le rodaban las lágrimas hasta el teclado del piano cuando interpretaba a Chopin.
Pero a nuestros gobernantes, obsesionados con la lucha de clases desde las épocas de la facultad, cuando decían que el futbol era un circo de Televisa para “adormecer a las masas”, no les gusta la alegría ni entienden de emociones.
Se hicieron a un lado del Mundial. Se equivocaron.
No le tuvieron fe al futbol porque en su interpretación marxista de la historia ese deporte pertenece “al enemigo de clase”.
Valdano puso en su artículo algo imposible que comprendan los dogmáticos: “Los pueblos no construyen sus mitos con criterios jurídicos. Los construyen con emociones. Si no, Aquiles sería un asesino. Ulises un mentiroso y El Cid un mercenario”.
Hablaba, claro, de “la mano de Dios” en ese partido, y del otro gol de Maradona que fue "una sinfonía de diez toques en diez segundos. Diez segundos que llegan hasta hoy”.
No hay dinero para ir al estadio, condenada FIFA. Pero vamos a Ángel, como fuimos luego de los dos goles de Luis García a Irlanda. O como fuimos a Reforma a festejar el campeonato que ganó la sufrida Máquina de Cruz Azul.
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