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La misión es la visión (II)

En la entrega anterior concluimos que, ausente un sentido de urgencia —por el momento—, la única manera de propiciar la acción colaborativa de nuestra sociedad sería tener una visión compartida que nos convoque. Sin ella, los potentes medios de coordinación de los que hoy disponemos, más que convocar y unir, distraen y dividen. La tarea, entonces, es construir esa visión. Pero, ¿eso cómo se hace?

Idealmente, el sistema político-administrativo tendría que resolverlo. Una campaña electoral permite contrastar visiones de futuro. Una de ellas prevalece. El grupo que gana el respaldo popular llega al poder y, a través del sistema de planeación, convoca a la sociedad a definir la estrategia para alcanzar esa visión común, plasmándola en el Plan Nacional de Desarrollo y los programas sectoriales.

En la práctica, ese ritual se ejecuta rigurosamente cada seis años. Sin embargo, se ha vuelto un trámite más formal que material: un ejercicio administrativo que le dice a la burocracia qué hará el gobierno, pero que no toma en cuenta la capacidad ciudadana de incidir en los problemas públicos, ni genera un anhelo colectivo.

Y tristemente para nuestra causa, la historia demuestra que los verdaderos saltos cualitativos de las naciones no se logran con burocracia, sino con visiones compartidas de futuro. Ha ocurrido en la historia de Estados Unidos, pero también en el Japón de la posguerra, en el despegue de Corea del Sur, en la transformación de Singapur e incluso en alguna parte del siglo XX mexicano.

Hoy carecemos de ese pegamento. Por un lado, el individualismo exacerbado dificulta anteponer el interés común. Por el otro, el sistema político-electoral se encuentra secuestrado: antes por partidos con estructuras cerradas y corruptas, y hoy por una fuerza política —aún más corrupta— e impermeable a todo lo que no coincida con su narrativa.

Sin un macrosistema dispuesto a escuchar, pretender construir una visión nacional de un solo golpe es una utopía. Por eso, la alternativa debe ser celular.

En el escenario actual, la visión compartida no puede provenir de un decreto presidencial; se debe cultivar de abajo hacia arriba. Es preciso que grupos de ciudadanos se articulen sistemáticamente mediante la acción colaborativa para resolver problemas públicos acotados a su realidad. Esto sucede todo el tiempo a pequeña escala en diversos lugares.

Pero para que estos esfuerzos trasciendan, la buena voluntad no basta: cada proyecto celular debe ejecutarse con rigor técnico y sus resultados deben ser evaluados. Abordadas con lógica sistémica y vinculadas entre sí, las prácticas exitosas con evidencia sólida pueden replicarse y escalar orgánicamente. 

A través de la suma de estas victorias locales aprenderemos a coordinarnos, levantaremos progresivamente la mira y empezaremos a tejer, desde la base, una visión de futuro de la que hoy carecemos. No será rápido ni sencillo, pero tampoco lo fue llegar a donde estamos.

Tengo algunas de estas prácticas identificadas. Pretendo darles seguimiento y aprovechar este espacio para contarte sobre ellas. ¿Tú conoces o formas parte de alguna? Por favor compártemela (arturo.cornejo@outlook.com) para incluirla en el ejercicio.

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