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Nuestras circunstancias especiales

Seguro que usted ya sabe que esta semana la OCDE presentó los resultados de la prueba PISA y que el desempeño de los jóvenes mexicanos fue históricamente bajo. Probablemente también vio que, mientras este hecho preocupa a algunos, para otros, tanto los resultados como la evaluación misma son objeto de descalificación.

«No estamos de acuerdo con que una prueba estandarizada internacional defina la calidad de la educación en nuestro país», reaccionó, por ejemplo, la presidenta.

En realidad, más que calidad, PISA mide efectividad: evalúa en qué medida los sistemas educativos de los países logran que los jóvenes de 15 años tengan desarrolladas habilidades necesarias para el mundo contemporáneo en Ciencias, Matemáticas y Comprensión Lectora.

Si usted sí desarrolló esta última y la suele ocupar para mantenerse informado, sabrá que a nuestro país nunca le ha ido bien en esta prueba. El problema esta vez es que, por un lado, México registró su peor desempeño desde que se aplica la evaluación.

Por otro, hay un dato que falta procesar. En las ediciones anteriores, estos malos resultados significaban condenar a millones de jóvenes a ser mano de obra barata o a tener empleos precarios. Pero en 2026, la irrupción de la inteligencia artificial y la automatización cambia por completo la ecuación.

Hoy la mano de obra de rutina, las tareas administrativas y algunas funciones intelectuales empiezan a ser ejecutadas por agentes de IA y sistemas robóticos a una fracción del costo de un trabajo humano. En este sentido, la tragedia es que dejamos de educar para la precariedad, y ahora simplemente educamos para la obsolescencia.

Podría argumentarse que la IA es superior, no solo a los jóvenes que no tienen habilidades sino también a los que sí las tienen, y que por eso no hace mucha diferencia su resultado en PISA, sin embargo, esto sería un grave error. Lo que hace la tecnología es ampliar las brechas: los que dominen la lógica, la abstracción y el pensamiento crítico serán los deus ex machina del nuevo entorno: los diseñadores, directores y supervisores de las herramientas tecnológicas. Aquellos que le dirán a la IA qué hacer.

Por el contrario, quienes no tengan capacidades que les permitan agregar valor en la nueva ecuación productiva no serán mano de obra barata: serán, en el mejor de los casos, aquellos a quienes la IA les dirá qué hacer, o serán, lisa y llanamente, innecesarios en los procesos productivos.

Sheinbaum le restó importancia a PISA porque “no considera las circunstancias especiales de cada país ni las desigualdades de origen con las que compiten nuestros estudiantes”. Tal vez no le han informado que los algoritmos, los inversionistas, los mercados y las empresas globales, tampoco.

El futuro no será condescendiente con la ignorancia. Si el gobierno decide responder al desastre de PISA solo con descalificaciones ideológicas y victimización, tocará a las familias, a las universidades y a los propios jóvenes rebelarse contra la adopción de la mediocridad como política educativa del Estado mexicano.

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