En Leipzig, Alemania Oriental, hay una iglesia (Nikolaikirche o iglesia de San Nicolás, de culto evangélico luterano) famosa porque fue allí donde los descontentos del régimen soviético en la llamada República Democrática Alemana comenzaron a congregarse todos los lunes, para manifestar su hartazgo y oposición al gobierno impuesto por la Unión Soviética desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Las reuniones, iniciadas en 1989, terminaron por convertirse en marchas pacíficas con velas y eventualmente, dos años después, condujeron a la caída del Muro de Berlín y a la disolución del régimen.
No fue, por supuesto, ni la primera ni la única vez en que alguna Iglesia o religión contribuyó a la caída de un gobierno o de un régimen. Recordemos los casos de Nicaragua en los años 70 del siglo pasado, o el de Filipinas a mediados de los 80, pero también la caída del régimen del Shah de Irán, a manos de los clérigos shiítas, encabezados por el imám Jomeini, o las rebeliones y resistencia en países del sudeste asiático, donde monjes budistas se inmolan prendiéndose fuego en forma de protesta y motivando así a diversas formas de resistencia civil.
La marcha del domingo en Culiacán, en ese sentido, no fue una manifestación más del descontento de una buena parte de la población con la situación en la que está envuelta desde hace dos años y que no parece tener fin próximo. Los culichis están hartos de la crisis económica que se generó desde la captura (o secuestro) del Mayo Zambada y la guerra intestina entre los miembros de los cárteles allí asentados. Pero sobre todo están hartos de no poder tener una vida normal, de tener miedo de salir en la noche y de vivir con la angustia permanente de la violencia que no solo cobra víctimas entre las bandas involucradas, sino también en la población civil inocente. La violencia no es nueva. El famoso “culiacanazo” se dio con un gobernador priista, hoy embajador de México en España. Pero ciertamente en la actualidad y desde hace dos años, los habitantes de buena parte de Sinaloa se encuentran prácticamente secuestrados o en una especie de estado de sitio en el que solo pueden salir de sus casas a ciertas horas del día.
Lo interesante de la marcha del domingo es que la institución que aparece en el centro de la protesta es nada más ni nada menos que la Iglesia católica. No es cualquier cosa, después del letargo en el que se encontraba y del que parece despertar con aquel mensaje que aquí ya hemos comentado, a propósito de los cien años del inicio de la guerra cristera. Y llama la atención que, en este caso, el obispo dio instrucciones de que no se celebraran misas en las diversas parroquias, para que la gente pudiera acudir a la marcha, pero ésta sí con ceremonia litúrgica previa en la famosa iglesia de “La Lomita”, que se encuentra justamente en la entrada de la ciudad. Por eso la imagen de Leipzig me vino a la cabeza.
Habrá que ver cuáles son las consecuencias, a mediano y largo plazo, de esta participación eclesial en la oposición civil pacífica y en la vida política del país. Me queda claro que estamos ante una nueva etapa de la participación de las iglesias en la vida pública del país. Creo que, de mantenerse como un núcleo aglutinador de las protestas, como ya sucedió en otros países, dada la red con la que dicha institución cuenta en todo el país, la situación es de pronóstico reservado.
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