En el 25 aniversario de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, vale la pena detenerse en sus consecuencias históricas. El mundo, sus desafíos y sus amenazas han cambiado, pero algunas de las tendencias de los primeros años del siglo persistieron, se aceleraron y profundizaron.
En Estados Unidos, hace tiempo que Al Qaeda y Bin Laden dejaron de ocupar el protagonismo entre las amenazas para la seguridad nacional, en parte porque la arquitectura construida para combatirlos cumplió su propósito. Pero esa arquitectura permaneció y sus objetivos ahora son mucho más cercanos. Si bien los grupos terroristas se han expandido y sofisticado, una encuesta de Reuters e Ipsos muestra que sólo uno de cada cinco estadounidenses ve en el terrorismo extranjero el principal riesgo, frente a quienes señalan al terrorismo doméstico (33%) o la violencia interna, como los tiroteos masivos (42%).
La guerra contra el terror sigue viva porque el término se volvió lo bastante amplio para abarcar actores mucho más diversos. La administración Trump amplió aún más la categoría: los cárteles y algunos grupos de extrema izquierda han entrado en sus esfuerzos antiterroristas, mientras el extremismo de derecha ocupa un lugar más ambiguo.
Tras el atentado, el mundo respondió con una solidaridad inmediata: la OTAN invocó, por primera y única vez, la cláusula de defensa colectiva, y Vladímir Putin —apenas conocido en Occidente entonces— fue el primer líder extranjero en llamar a Washington para ofrecer apoyo. Fue uno de los momentos más altos del consenso multilateral de la posguerra fría, pero duró poco. Apenas dos años después, ese clima contribuyó a la invasión a Irak: sin respaldo de la ONU y sobre la falsa premisa de que Saddam Hussein conservaba un arsenal operativo de armas de destrucción masiva.
Fue, al mismo tiempo, una prueba de la fragilidad de ese consenso: Washington prescindió de él, revelando en qué medida dependía de su liderazgo. Ese desgaste, que seguimos arrastrando, cedió paso a la decisión unilateral de definir las amenazas y actuar contra ellas. La concentración de poder heredada del 11-S normalizó ese unilateralismo, que se traduce hoy en la guerra contra Irán sin un consenso multilateral.
Mientras hace 25 años el terrorismo era combatido, Occidente se atrincheraba cada vez más y otras partes del mundo hicieron lo contrario. Irónicamente, Arabia Saudita, la monarquía a la que Bin Laden acusó de haberse vendido, es hoy más abierta que entonces y mantiene una estrecha relación con Washington. Algunas sociedades y liderazgos occidentales apostaron por el repliegue, pero, en conjunto, la apertura que el yihadismo tanto temía y despreciaba se consolidó.
¿Qué pasó con México?
En septiembre de 2001, el presidente Vicente Fox había estado en Washington, en la primera visita de Estado del gobierno de Bush, negociando un acuerdo migratorio bilateral. El atentado lo enterró de la noche a la mañana: la seguridad pasó al centro de la relación bilateral y desplazó el acuerdo migratorio que Fox buscaba pactar. En los años siguientes, la agenda migratoria dejó de formar parte de una visión más amplia de integración económica para volverse, casi exclusivamente, un asunto de seguridad.
Ese viraje tiene una expresión que hace 25 años habría sido impensable: cárteles con capacidades militares designados como organizaciones terroristas y operaciones extraterritoriales contra embarcaciones sospechosas de transportar droga en el Caribe, amparadas en un orden jurídico cuestionable. Las premisas que cerraron la frontera en 2001 siguen vigentes.
En el 11-S todos perdimos algo: Estados Unidos, la confianza en que su modelo era el destino natural del mundo; el sistema internacional, buena parte de la ilusión de que la integración era irreversible. Nuestro país perdió margen para negociar los términos de su relación bilateral. Esos procesos sobrevivieron al fin de las guerras y a la muerte de Bin Laden. Se profundizaron, aun cuando cambió el enemigo.
La pregunta, cinco lustros después, es si todavía somos capaces de revertirlo.
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