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Alemania ante el avance de la ultraderecha

El resultado de las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt obliga a mirar con cuidado el avance de la derecha alemana y europea. Este estado del este de la antigua Alemania Oriental, tiene 2.1 millones de habitantes, una población envejecida e importantes brechas económicas y demográficas respecto al oeste. El 6 de septiembre, AfD, Alternativa para Alemania, partido de extrema derecha, obtuvo 43.8% de los votos y 39 de los 83 escaños del Landtag —el parlamento estatal—, más del doble que en 2021. La participación llegó a 77.8%, la más alta desde 1989, movilizando a 170 mil abstencionistas. Es el mejor resultado de la extrema derecha en una elección estatal alemana desde la Segunda Guerra Mundial y deja a AfD a las puertas de gobernar por primera vez un Estado federado.

AfD defiende una política migratoria restrictiva, incluida la llamada “remigración”, reivindica una visión menos centrada en la culpa histórica del nazismo, propone recuperar soberanía frente a Bruselas y aboga por una relación más estrecha con Rusia. Su programa plantea reforzar una identidad cultural alemana frente al multiculturalismo.

Medios y políticos califican a AfD de extremista, xenófoba y neonazi. La Oficina Federal para la Protección de la Constitución la considera un partido de extrema derecha y su organización regional, extremista. Existen además vínculos documentados de militantes con grupos neonazis. Pero explicar su 43.8% solo desde esos calificativos deja fuera una pregunta fundamental: ¿qué está llevando a millones de alemanes a votar contra el orden político tradicional?

La inmigración es clave. En Sajonia-Anhalt, 91% de los simpatizantes de AfD expresa preocupación por la llegada de extranjeros y 85% considera que la forma de vida alemana y los valores occidentales están en peligro. Pero sólo 7.9% de la población del estado era extranjera al cierre de 2025, frente a 14.9% en Alemania. La preocupación, por tanto, no responde sólo al número de inmigrantes, sino a su integración, la seguridad y la percepción de que algunas comunidades no adoptan las normas culturales de la sociedad receptora y buscan imponer las propias. Se suma el malestar de una población con dificultades económicas que percibe que el Estado prioriza a los inmigrantes frente a sus necesidades.

Una segunda dimensión es la soberanía, entendida no solo como recuperar competencias frente a Bruselas, sino como la sensación de haber perdido capacidad de decisión sobre asuntos que afectan directamente la vida cotidiana. A ello se suman los cambios vertiginosos que atraviesa el mundo, como los geopolíticos, tecnológicos, económicos, culturales e identitarios, que generan la percepción de que las sociedades tendrán que adaptarse a transformaciones que no controlan. AfD ofrece recuperar el control.

Una tercera dimensión es política. Ulrich Siegmund, candidato principal de AfD y rostro de la campaña, de 35 años, ofreció algo distinto al establishment tradicional, con una campaña optimista, cercana y menos confrontativa que la habitual en AfD. Bajo el lema “Todo es posible”, habló del futuro, seguridad, prosperidad y orden, y abordó sin rodeos los temores sobre inmigración, identidad y pérdida de control que otros partidos combatieron denunciando a AfD. Su carisma y capacidad de comunicación ayudaron a convertir el voto de protesta en una promesa de empoderamiento.

Alemania enfrenta una tensión que atraviesa también Occidente. La democracia puede aislar a los partidos radicales, pero no hacer desaparecer las preocupaciones que alimentan su crecimiento. Si los partidos tradicionales no encuentran respuestas creíbles para la inmigración, la seguridad, la identidad cultural y la soberanía, otros ocuparán ese espacio. Sajonia-Anhalt no es una anomalía regional, sino una advertencia sobre lo que ocurre cuando una parte de la sociedad deja de sentirse representada.

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