La destrucción de Gaza me parece un acto de barbarie injustificable, al igual que el ataque que la motivó y que fue perpetrado por un grupo de extremistas. Tengo familia de origen palestino y estoy convencido de su derecho a tener una patria en la tierra y un Dios en el cielo. El Holocausto me parece uno de los peores momentos de la humanidad, al igual que el uso de bombas atómicas en contra de la población civil.
Por muchas cosas estoy orgulloso de ser mexicano, entre ellas, por el respeto que tenemos por las diferencias. Lo hemos ido construyendo desde hace décadas, no sin tropiezos, pues en el siglo XX se dieron los terribles ataques a la comunidad china. En nuestra historia dominan múltiples ejemplos de grandeza, en especial en la diplomacia. Allí están los ejemplos de Manuel Pérez Treviño, Gilberto Bosques, Vicente Muñiz Arroyo o Gonzalo Martínez Corbalá. Su valor salvó cientos de vidas y nos llenó de prestigio.
México es un país de migrantes, y algunas regiones solo se entienden gracias a un mestizaje pluriétnico. El actual Saltillo, mi tierra natal, es una fundación de españoles y tlaxcaltecas, y Coahuila tiene entre sus fortalezas la llegada de muchas comunidades. No seríamos lo que somos sin el pasado sefardita, mascogo o kikapú. En nuestras venas se funde el origen ibérico, náhuatl, judío, palestino, sirio, chino, japonés, libanés y africano. Así, con esa pluralidad, muchos aprendimos a decir patria.
En México vive un buen número de personas que se reconocen como judías y millones que no saben que tienen ese origen. En la ciudad que gobierna la izquierda se han gestado, en los últimos años, movimientos que contradicen nuestra naturaleza y la tradición de apertura que ha hecho grande a la nación. La paradoja es que la polarización ha salido de grupos que se asumen como intelectuales y que en sus biografías tienen antepasados cercanos que migraron a México.
Hace unos días, en las calles de Polanco, un grupo de personas marchó por las calles con frases como las siguientes: “Boicot contra los judíos” o “Fuera judíos de México”. Fue un día con un especial significado: el 11 de septiembre, el de lo acontecido en Nueva York y el que coincide con una de las fiestas más importantes del calendario judío. En esas calles vive una buena parte de la comunidad atacada y se encuentran sus sinagogas. No era una manifestación contra el Estado de Israel; fue una provocación en contra de mexicanos, porque a quienes atacan son mexicanos y, de no serlo, también sería algo ilegal y reprobable.
Los manifestantes, o mejor dicho, los xenófobos, portaban mantas que los identificaban como una coalición de sindicatos. Días antes, 300 organizaciones cercanas a Morena formaron lo que llamaron Red Latinoamericana por Palestina. Ese día gritaron las mismas consignas que se registraron en las mantas.
En México, desde el gobierno, se empuja el peligroso juego de dividir y polarizar. En esa dinámica siempre hay locuras y quienes llegan a extremos. Los fanáticos se agrupan en los extremos y son capaces de hacer un terrible daño. La autoridad se debe pronunciar en contra de lo sucedido y hacer todo lo posible para que no se repitan los actos del día 11. Es urgente que cese la política de enfrentar a los mexicanos y promover ideas contrarias al espíritu del artículo primero de la Constitución.
En la Bancroft Library hay un viejo legajo que contiene el proceso que la Inquisición siguió contra Margarita Moreira en 1664, por judaizante.
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