Felipe González Rodríguez es un norteño que se caracteriza por ser franco, directo y de palabra. Estudió derecho en la Universidad de Coahuila y en el despacho de un litigante. A un buen abogado no le sobra practicar en los tribunales desde la escuela. Él se unió al de Rodolfo González, un legendario jurista saltillense que tenía su oficina en la mítica calle de Bravo, la misma que se canta en el corrido de Agustín Jaime.
Hay personajes fundamentales para conocer y entender la historia de pueblos y regiones. La suma del saber de las latitudes nos permite sacar conclusiones sobre espacios mayores y comprender ciclos y conductas de sociedades. La historia se construye de miles de pedazos que nos delatan la razón de los grandes acontecimientos, pero también de las vidas y sentimientos de personas que, con sus anhelos, dificultades y esperanzas, son parte de las comunidades.
Don Felipe es un personaje emblemático en la región centro de Coahuila; salió de Monclova para estudiar derecho y regresó a servir a su pueblo. En su despacho, como secretario de Gobierno de Coahuila, había dos fotografías: una de su padre y otra de su juventud como asistente a una reunión de una agrupación política. Las imágenes me explicaron mucho de lo que es mi amigo: su formalidad, el origen en la cultura de esfuerzo y los valores. Llegó a ese cargo en el servicio público después de una amplia trayectoria en Altos Hornos de México y algunos neófitos apostaban a su fracaso en las lides de la política y la administración pública local.
Esta semana se presentan en Saltillo, muy cerca de lo que fue su despacho, El valor de un juramento y Del acero a la pluma, 70 años sin más explicaciones, dos textos que son autoría del monclovense y en los cuales narra su vida y afanes. En ellos está su actuar como jurista, funcionario de la acerera, servidor público y notario. Pero también la historia de su ciudad y de los lugares por los cuales transitó su infancia.
Con sus textos, González Rodríguez no solo entrega unos memorables recuerdos y permite a sus amigos recordar momentos en común y conocer aún más del personaje que tanto estimamos. También hace un importante servicio a la comunidad y al país. En las páginas hay pistas para entender el desarrollo de la región centro de la entidad, su transformación de una sociedad agrícola a una industrial. Monclova se convirtió en la capital del acero en América Latina en la segunda mitad del siglo pasado y en el eje de Coahuila. 21 mil trabajadores concentró la factoría y la influencia de suministros se extendía hasta Chihuahua y Piedras Negras, en particular, en las minas de carbón diseminadas en municipios como Múzquiz, San Juan de Sabinas, Progreso y Sabinas.
En el libro aparecen los movimientos obreros de esos días; en sus páginas aparece Napoleón Gómez Sada y las historias de Línea de Masas y la corriente maoísta de sus dirigentes. Con cuidado, nos da pistas para entender de dónde venían los vientos que impulsaban aquellas tormentas y el desempeño de las autoridades federales. Entre ellas, el valiente Miguel Alessio. Hoy, mi amigo Felipe ve con tristeza la factoría cerrada y a miles de personas sin trabajo.
Felipe fue un gran secretario de Gobierno y lo consiguió por varias razones, entre ellas: su inteligencia, sabiduría y preparación. En sus haberes tiene una maestría en Desarrollo Organizacional; también fue factor de éxito su lealtad a Mendoza Berrueto, pero, sobre todo, su amor a Coahuila y los valores norteños que recibió de sus extraordinarios padres.
A mí también me duele Monclova, sé qué sucedió y no se merecía la venganza de Obrador.
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