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Sin referencia histórica

Culiacán, Sin.- Este pasado jueves se cumplieron 80 años de los juicios de Núremberg, una serie de procesos judiciales celebrados entre 1945 y 1949, en los que las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial juzgaron a los principales dirigentes del régimen nazi por las atrocidades cometidas durante la guerra.

El Palacio de Justicia de Núremberg fue elegido, entre otras razones, por su valor simbólico. Los juicios marcaron un parteaguas en la historia y contribuyeron al nacimiento del derecho penal internacional moderno: la idea de que los responsables de determinados crímenes no podían esconderse detrás del Estado, de una institución o de las órdenes recibidas.

Viene a cuento no solamente por el aniversario, sino por la reciente reaparición pública de Andrés Manuel López Obrador, quien volvió a referirse a periodistas y medios de comunicación críticos. Afirmó que una periodista “se quitó la máscara”, la calificó como “vocera de la derecha” y sostuvo que su postura y la de sus simpatizantes representaban “neofascismo”.

López Obrador sostuvo, además, que la responsabilidad de los contenidos periodísticos no corresponde únicamente a los conductores, sino también a los propietarios de los medios y a los grupos de poder que determinan sus líneas editoriales.

Más allá de la libertad que tiene cualquier ciudadano para cuestionar a los medios y expresar sus opiniones, llama la atención la facilidad con la que, una vez más, la responsabilidad parece colocarse siempre en otro lugar.

Sin medir —o al menos sin aparentar medir— el alcance de sus palabras y la gravedad de las acusaciones, el expresidente mantiene aquel estilo confrontativo y polarizante que caracterizó buena parte de sus años como mandatario.

Pero detrás de esa forma de argumentar existe algo más profundo: la tendencia a desplazar la responsabilidad hacia subordinados, adversarios, instituciones o circunstancias externas.

Cuando llega la hora de responder por los errores, aparecen responsables antes que responsabilidades.

En la ciencia política anglosajona existe una expresión que describe con precisión este mecanismo: “mistakes were made”, “se cometieron errores”. La fórmula parece reconocer que algo salió mal, pero tiene una particularidad: no dice quién cometió el error. William Safire explicó que se trata de una manera de reconocer una equivocación manteniendo distancia respecto de quien la cometió.

Y ahí está el punto.

El problema no es equivocarse. Todos los gobernantes, todos los seres humanos, podemos equivocarnos.

El verdadero problema político aparece cuando quien tiene el poder nunca asume su propia cuota de responsabilidad.

En su reaparición pública, López Obrador volvió a defender su administración, atribuyó buena parte de las críticas a expresidentes, medios y redes sociales, reivindicó su legado y rechazó determinadas acusaciones sobre su influencia política.

Es una manera particular de enfrentar las derrotas: cuando las cosas salen mal, siempre existe otro responsable. Un subordinado, una orden mal entendida, una circunstancia imprevista, un adversario, los medios o el pasado.

Cualquiera, menos uno mismo.

La historia conoce perfectamente ese mecanismo: trasladar la culpa para preservar intacta la propia imagen.

Por eso Núremberg sigue siendo una referencia histórica fundamental. No solamente porque juzgó crímenes terribles, sino porque estableció una premisa que trasciende aquel momento: el poder no elimina la responsabilidad individual.

Un gobernante puede equivocarse. Puede tomar una decisión equivocada, interpretar mal una circunstancia o confiar en quien no debía.

Lo que distingue la grandeza de un gobernante no es su capacidad para explicar por qué otros se equivocaron, sino su disposición para reconocer cuándo él se equivocó.

Porque la historia no solamente registra lo que hicieron los gobernantes.

También registra aquello de lo que intentaron responsabilizar a otros.

Y tarde o temprano, las referencias históricas terminan por recordarnos quién decidió, quién ordenó y, sobre todo, quién asumió —o evitó asumir— la responsabilidad, sin tomar conciencia de las referencias historicas que deben normar nuestro comportamiento.

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