Javier Cercas -escritor, ateo y anticlerical para más inri- ha tendido una trampa a los lectores de El loco de Dios en el fin del mundo[i], su libro más reciente.
Con el pretexto de que el Vaticano le propuso escribir un libro sobre Jorge Bergoglio, el papa Francisco, y seguirlo en su periplo por Mongolia -un país perdido con apenas mil 500 católicos-, viaja a Roma porque necesita hablar con funcionarios e inquisidores de la jerarquía eclesiástica; con vaticanistas de prosapia; con misioneras de fuste y fusta, y con curas refundidos en el último lugar de la tierra, para intentar despejar, organizando toda esa coreografía, una duda espiritual que angustia a su vieja madre: si es posible creer en la resurrección de la carne y la vida eterna, y si llegado ese momento podrá reunirse con su padre más allá de la muerte.
Eso es lo que quiere preguntarle al papa Bergoglio.
Pero el desenlace es otro, que no está en el libro. A través de sus casi 500 páginas, Cercas usa en realidad al escritor para que Javier, el ateo, vaya en busca de Dios o de lo que supone que es Dios o de lo que Dios quiere que crea ser, para llevar la respuesta a su madre y así, por ese sendero, asomarse a los misterios insondables de la fe a la que, finalmente, parece haber llegado: “¿Y si la vida verdadera -se pregunta el ateo- no es la que he vivido hasta ahora sino la que -contesta el creyente- viviré tras la muerte? ¿Y si lo imposible es cierto?”.
Javier Cercas ha escrito un libro en tres actos -en busca de Bergoglio, los soldados de Bergoglio y el secreto de Bergoglio-, en los que ha ensamblado tanto las artes del periodista, que él niega ser una y otra vez, pero donde ciertamente hay reportaje, investigación, análisis, matices, tonos y registros. Hay literatura (Chesterton, Baudelaire, Arendt, Borges, Nietzsche, Bertrand Russell o la poesía española del siglo XVI: “No me mueve, mi Dios, para quererte/el Cielo que me tienes prometido…”). Y hay una pasión de entomólogo para descubrir, diseccionar y tratar de explicar los arcanos de ese complejísimo sistema nervioso compuesto de sinodalidad, discernimiento, espiritualidad y fe que han sido la Iglesia y el Vaticano, en especial durante el papado de Francisco.
El libro no ofrece soluciones ni es su finalidad, pero bien podría recurrir a la metáfora de San Agustín cuando le preguntaban qué es el tiempo: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me lo pide, no lo sé".
Al acompañar Cercas, el escritor, al Papa a Mongolia, el lector podría estar intrigado acerca de la relevancia religiosa o el significado político de un viaje a un espacio inasible -con más de tres millones de habitantes y un territorio de millón y medio de kilómetros cuadrados-, donde el catolicismo prácticamente no existe.
Pero lo que Javier, el anticlerical, encuentra, mediante un ejercicio de escucha y reflexión con sacerdotes, monjas y misioneros que decidieron ir hasta ese confín para “ir más allá, y servir y amar donde hiciera falta” -como le dice uno de ellos-, es algo más intenso y trascendente: seres humanos que intentan dotar a sus vidas de un sentido de propósito.
A la pregunta de la madre con que empieza el libro -¿hay resurrección y vida eterna?- Bergoglio responde: “Con toda seguridad”. Y por ese camino Cercas, el escritor, vive una experiencia casi mística que lleva a Javier, el ateo, al hombre de fe que quizá, sin darse cuenta, quería ser. Al final, Javier Cercas no tiene más remedio que rendirse: es un loco de Dios “dispuesto a admitir que la ética cristiana no es inferior a la atea”.
[i] Random House, 2025, 485 pp.
