En las últimas décadas, México ha vivido dos momentos seminales. Uno fue la entrada en vigor del TLC en 1994 y el otro la alternancia electoral en 2000.
El TLCAN se propuso impulsar las exportaciones mexicanas a EU, contar con un mecanismo eficaz para atraer inversión y apoyar la estabilidad y la convergencia macroeconómica con los indicadores de los principales socios comerciales. Gracias a ello, México exporta más de mil 800 millones de dólares cada día y en 2025 captó 41 mil mdd de inversión extranjera directa. En función de sus objetivos concretos, el neoliberal TLCAN ha sido un éxito y hoy es el principal sostén de la economía mexicana.
Por su parte, tras la alternancia se vivieron momentos de cierta ilusión democrática, pero el proceso terminó por engendrar el renacimiento del muy viejo PRI…que es Morena, y derivó en la autocracia en que se ha convertido el actual régimen político.
A lo largo de ambas pistas, se volvió más notorio el desvanecimiento de eso que llamamos “México”, y su metamorfosis en, diría el pintoresco Che Guevara, “dos, tres, muchos Méxicos”, cada vez más contrastantes entre sí. Veamos.
En 2000, un análisis del Pacific Council on International Policy planteó que en realidad México estaba fragmentado en cinco territorios: uno en el sur; otro el del norte; uno más en Ciudad de México y área metropolitana; el cuarto a lo largo de la frontera con EU y, el último, compuesto por los 37 millones de personas de origen mexicano que viven al otro lado, nacidos en México o sus descendientes. La foto de ese México mostraba “una modernidad cada vez más próspera que convive con un país empobrecido y marginado. Una brecha entre norte y sur aproximadamente tan grande como la que hay entre EU y México”.
Un cuarto de siglo después las brechas subsisten. Cinco estados representan 44.2% del PIB nacional, y los últimos cinco de la tabla sólo 3.7%. Seis entidades exportan 65% del total nacional, y otras seis sólo suponen 1.4%. Cinco estados captan 81% de la IED y otros 27 atraen 19%.
Mientras que en Guerrero la informalidad laboral es de 76%, en Coahuila es de 33%. La productividad laboral -es decir, pesos producidos por hora trabajada- es en la Ciudad de México de 409 pesos, en Oaxaca, Tlaxcala, Guerrero y Chiapas oscila entre 88 y 131 pesos. La pobreza laboral –cuando el ingreso que una persona o familia obtiene es insuficiente para cubrir sus necesidades-, es menor a 20% en NL, pero en Chiapas es de 61%. Y mientras que en Ciudad de México 67 de cada 100 chicos que iniciaron primaria egresan de la universidad, en Oaxaca sólo terminan 14.
Suena doloroso pero esta situación no cambiará a corto ni a mediano plazo. Dicho de otra forma: el “México” formal es un concepto; los “muchos Méxicos” son una realidad cotidiana dura y cruel, y no se soluciona con demagogia ni populismo.
Se ha hablado hasta la saciedad al respecto. Muchos qué y pocos cómo. La literatura académica (y pseudo) produce miles de investigaciones sesudas. Los think tanks presentan a toda hora las grandes soluciones de los lugares comunes y el panorama sigue trágicamente constante: gobiernos muy corruptos encarnados por pillos y simuladores (los velasco, murat, laydas, jara, godoy, salgado…); incompetencia técnica; mala planeación y peor capacidad de ejecución; inversión pública ineficiente y de muy baja calidad; economías locales improductivas; educación pública secuestrada por bandidos, y un largo etcétera.
Para la narrativa, ese México pobre ha simbolizado el florero moral de gobiernos y partidos. No hay sexenio que no lo ponga en la máxima prioridad del gasto; los presidentes lo visitan cada semana, y, desde luego, los recursos públicos fluyen con abundante largueza y cero resultados.
De ese valle de lágrimas muchos vivales se han aprovechado y aprovechan alegremente. Basta ya.
