Apenas hace unos días, Dylan, poeta y cantautor estadounidense, cumplió 85 años y no ha cambiado un ápice en su esencia
Apenas hace unos días, Dylan, poeta y cantautor estadounidense, cumplió 85 años y no ha cambiado un ápice en su esencia

En el escenario sólo se ven los instrumentos inmóviles. Apenas hay luz suficiente para que se pueda ver la puesta en escena. No hay pantallas gigantes, tampoco una iluminación aparatosa, mucho menos un show de fuego.
Así es un típico show de Bob Dylan, que busca evitar las muletas que carguen al espectáculo que se debe centrar únicamente en el espíritu de la música que ha reunido a tantas generaciones desde que sacó su primer disco en marzo de 1962.
Dylan, o mejor dicho Robert Allen Zimmerman, nació 21 años antes de su primer álbum, el 24 de mayo de 1941 en Duluth y creció principalmente en Hibbing, una pequeña ciudad minera del norte de Minnesota, marcada por el hierro, el frío y el aburrimiento.
Ese lugar “en el que parecía no pasar nada” obligó a Zimmerman, quien todavía no se cambiaba el nombre, a desarrollar su imaginación. Entre el tedio y lo habitual de la vida en el pueblo se forjó la creatividad que nos dio himnos que tarareamos hoy en día.
Antes de convertirse en Dylan, Robert era un adolescente más obsesionado con artistas como Little Richard, Elvis Presley, Buddy Holly y Jerry Lee Lewis. Entre sus pasiones también se encontraba una más oculta y de la que habla a detalle el profesor de Harvard, Richard F. Thomas, que es el imperio romano.
Los caminos el deber ser lo llevaron a inscribirse brevemente en la Universidad de Minnesota en 1959, donde se dice que descubrió la música folk que lo marcaría de por vida.
Eran evidentes sus influencias, entre las que destacan particularmente el cantante Woody Guthrie, a quien le dedicó una canción en su primer álbum, y el poeta Virgilio, a quien le robó una estrofa de la Eneida para cambiarle por completo el sentido.
Si de Guthrie aprendió el poder de las canciones, la protesta social y la poesía popular, de Virgilio adoptó a esos héroes fracasados, los viajes interminables que desembocan en la grandeza y la falta de pertenencia del poeta.
Ya en la universidad empezó a adoptar el nombre con el que lo conocemos hoy en día. Se asume que este viene del poeta inglés Dylan Thomas, aunque, como tantas cosas en la vida del cantante, es imposible saberlo con seguridad.
No sólo por sus constantes evasivas sobre su vida personal, su disgusto por hablar de él mismo y por la permanente negativa a hablar de sus influencias, sino porque el músico es conocido por su firmeza al momento de desdecirse.
No es ningún secreto que él odiaba dar entrevistas, sobre todo en la década de los 60 cuando estalla su popularidad, sino que era muy común escucharlo decir abiertas mentiras con la seriedad de quien sería incapaz de faltar a la verdad.
Su primer disco, al que le puso su nuevo nombre como título, Bob Dylan, no hizo mucho ruido en un principio. Con una audiencia más de nicho, parecía difícil que el joven cantante destacara mucho.
Fue con el segundo, The Freewheelin' Bob Dylan, con el que cambió su historia, y con la de la música popular. Canciones como Blowin’ in the Wind y A Hard Rain's a-Gonna Fall lo convirtieron en la voz de una generación, de la cual el eco se replica hasta el día de hoy.
A pesar de que apenas tenía dos discos, en 1963 ya se hacía patente que la grandeza y la importancia de Dylan iban más allá de la música. El haber tocado en La Marcha sobre Washington en 1963 selló su futuro como portavoz de los derechos civiles.
Después de todo, minutos antes de que los más de 250 mil asistentes que llegaron hasta el memorial a Lincoln escucharan a Marthin Luther King Jr. hablar sobre el sueño que tenía para el futuro, escucharon la voz nasal, la armónica aguda y el reclamo en contra del racismo en Estados Unidos que derrochó Dylan sobre los micrófonos.
Un político sureño sermonea al pobre hombre blanco:
“Tienes más que los negros, no te quejes.
Eres mejor que ellos, naciste con piel blanca”, le explican.
Y el nombre del negro
Es usado, es evidente
Para beneficio del político
Mientras asciende a la fama
Y el pobre blanco permanece
En el último vagón del tren
Pero no es culpa suya
Solo es un peón en su juego
Las consignas en contra de la discriminación racial, la guerra de Vietnam y la incertidumbre que generaba la guerra fría se impregnaron en sus canciones. Pero, fiel a su estilo de sentirse libre, Dylan hizo algo que muy pocos artistas se han atrevido a hacer. En 1965 cambió su sonido por completo.
Fue con el lanzamiento de su disco Highway 61 Revisited, ese que abre con la que para muchos es la canción más bonita de todo su repertorio, Like a Rolling Stone, lo que rompió las fronteras entre el folk y el rock.
A lo largo del álbum se escucha claramente la influencia del blues, del rock y los restos del folk, ese género que hasta el momento se mantenía puramente acústico y que corría de cualquier instrumento eléctrico, que acompañaron tanto a Zimmerman como a Dylan.
Al principio, la gente odió lo que escuchaba. Los viejos fans del cantante le exigían que regresara a sus viejas canciones, a sus antiguas melodías, pero él no hizo caso.
Su nuevo sonido quedó definido en 1966 en el Free Trade Hall de Manchester, en Inglaterra, cuando un fan frustrado le reclamó su aparente traición al folk al grito de “¡Judas!”. Dylan rasgó levemente su guitarra eléctrica al mismo tiempo que le respondía “no te creo. ¡Eres un mentiroso!”. Momentos después, se volteó con su banda y les pidió “¡play it fucking loud! (¡toquen con ganas!)”.
Ese paso hacia lo eléctrico pudo haber sido producto del mítico encuentro entre Dylan y The Beatles, que se conocieron años antes, en 1964, cuando el cuarteto de Liverpool visitó Nueva York por primera vez.
Si bien lo que más se ha comentado es cómo el estadounidense le presentó la marihuana a los cuatro ingleses, lo mejor que salió de ese encuentro no son las historias de cómo se rieron los cinco, sino la mezcla de influencias que salió de ese cuarto de hotel.
Después de eso, los Beatles dejaron atrás letras cursis sobre tomarse de la mano y dieron paso a impregnar de significado sus canciones, mientras que Dylan, cuyos versos ya eran densos, comprendió el poder que tenía un sonido más pop, algo que no dudó en implementar.
Los rezagos de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría dejaron un grupo de artistas y amigos que se engrandecieron entre ellos, y de los que el estadounidense no está exento.
Tal es el caso de su relación con Joan Baez (quien, dicho sea de paso, también cantó en la Marcha sobre Washington poco antes de que lo hiciera Dylan), con quien compartió algo más que el escenario, y a quien hasta le regaló canciones, y no sólo las que le escribió de forma críptica.
Es conocida la anécdota en la que en un encuentro en el legendario Hotel Chelsea, ese que también quedó plasmado en las canciones del cantautor, Baez vio a su amigo sentado en su cuarto escribiendo sin parar, como solía hacerlo.
En un arrebato, que bien pudo haber sido producto del aburrimiento, la cantante tomó un papel del piso y leyó las letras que acababan de caer del escritorio. Al terminar de leer todo, salió corriendo de inmediato y se encerró en el estudio.
Semanas después, cuando ambos iban sentados en un coche, Dylan escuchó la nueva canción de Baez que empezaba a ganar popularidad.
Parece que fue ayer
Cuando dejé atrás mi mente
En el café gitano
Con una amiga de una amiga mía
Que estaba sentada con un bebé pesado en su regazo
Y hablaba de una vida libre de esclavitud
Con ojos que no mostraban rastro de miseria
Una frase relacionada con ella me vino a la mente
Al escuchar el principio, Dylan se volteó y le dijo “Oye, Joan. ¡No está nada mal esta nueva canción tuya, eh!”. A lo que ella, entre risas, le respondió “¡es tuya, tonto!”.
Esas relaciones entre artistas y compositores se extendieron a la poeta y cantante Patti Smith, quien lo conoció en sus días de Nueva York en los que ella también vivía en el Hotel Chelsea.
Nerviosa por conocer al que ya empezaba a ser un cantante reconocido, contó que ella se portó un poco engreída, intentando esconder el nerviosismo que genera el fanatismo.
En su siguiente encuentro, ella estaba muerta de vergüenza hasta que vio a Dylan acercarse a ella con una sonrisa y preguntarle “¿hay algún poeta en esta casa?”.
Esa frase borró el pasado y le dio inicio a una amistad que llevó a Smith a cantar durante la ceremonia de premiación cuando el estadounidense recibió el Premio Nobel de Literatura en 2016.
En esos años, Dylan también sufrió un duro accidente de motocicleta cerca de Woodstock, en el estado de Nueva York, en 1966. El hecho, que lo obligó a retirarse de la vida pública, ayudó a crear a un personaje aún más complejo.
A partir de ahí se intensificó una característica central que lo acompaña hasta sus últimos conciertos, la reinvención constante. Algo que ya se venía gestando con su paso por la música folk introspectiva al rock, dio un giro al gospel cristiano, incluyó blues tradicional y standards americanos.
Mientras muchos artistas buscan consolidar una identidad, Dylan parecía empeñado en destruir la suya.
Esos mismos saltos que dio entre géneros musicales, también aparecieron en los años 70, cuando durante una gira en 1978 y en medio de una profunda crisis personal, Dylan comenzó a acercarse a grupos cristianos vinculados al movimiento “born again”.
El cantante, que creció judío, empezó a adoptar esta aparente nueva fe, algo que también se sintió en canciones como Slow Train Coming, Saved y Shot of Love. Las letras eran abiertamente religiosas, en las que Jesús tenía un papel central y se rendía al juicio moral.
Como ya había sucedido antes, la reacción de sus fanáticos fue feroz. Muchos admiradores sintieron desconcierto o traición. Parte de la crítica pensó que había perdido el rumbo.
Más allá de los temas que empezaba a tocar, incluso Dylan llegó a aceptar años después que tuvo momentos en su vida en los que sentía que había perdido el toque para componer que lo llevó a los principales escenarios del mundo.
En una entrevista, y en un arrebato de honestidad extraño en él, llegó a aceptar que había cosas que podía hacer mejor cuando era joven que de viejo, al igual que había otras que le salían mejor de viejo que cuando era joven.
Lo cierto es que la influencia de Dylan es casi imposible de exagerar. Gracias a él, el rock empezó a aspirar a la complejidad literaria. Después de él, generaciones enteras entendieron que una canción podía contener poesía, filosofía y crítica social.
Su influencia alcanza a artistas como The Beatles, Bruce Springsteen, Patti Smith, Leonard Cohen y Neil Young, sólo por mencionar a algunos.
Siempre perseguido por la controversia, esa que rodea prácticamente todos los aspectos de su vida, esta también se hace presente hoy en día durante sus conciertos, esos que un usuario de la red social Reddit definió “el mejor concierto al que he ido en mi vida, y el peor concierto al que he ido en mi vida”.
Durante toda su carrera fue conocido por cambiar la letra de las canciones, tocar la guitarra de manera diferente y hasta inventar algo completamente nuevo, algo que fue un dolor de cabeza para más de un músico que lo ha acompañado en todos estos años.
Y si a eso se le suma lo difícil que es entender su voz carrasposa, lo lúgubre de sus presentaciones y la falta de interacción con el público, es fácil entender de dónde sale esta mezcla de admiración y decepción.
Sin embargo, hay que recordar que después de todo, y eso es algo que incluso Sir Paul McCartney, otra leyenda de la música, ha confesado que le envidia, a Dylan no le importa lo que piensen de él, sólo se dedica a hacer lo que le gusta.
Algo ha de haber hecho bien. Después de todo, en 2016, la Academia Sueca le dio el Premio Nobel de Literatura “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”.
La decisión generó un debate enorme, al que el cantante ya está acostumbrado. Muchos argumentaban que Dylan había ampliado el lenguaje literario contemporáneo y recuperado la tradición oral de Homero, los trovadores y la poesía cantada.
Sus críticos más conservadores eran mordaces al decir que las canciones no debían competir con la literatura escrita tradicional.
La reacción de Dylan fue típicamente dylaniana, silencio, ambigüedad y distancia. Tardó en responder públicamente y no acudió a la ceremonia principal.
Mucho se especuló sobre las razones que llevaron al cantante a negarse a reconocer el premio, mismo que no negó pero que tampoco aceptó de inmediato, lo que sólo le subió el volumen a la controversia.
Fue hasta la ceremonia de premiación cuando la embajadora de Estados Unidos en Suecia, Azita Raji, leyó las palabras del galardonado cuando por fin dio su postura sobre si de verdad un cantante podría aspirar a este reconocimiento.
“(Cuando recibí la noticia) empecé a pensar en William Shakespeare, la gran figura literaria. Supongo que se consideraba a sí mismo un dramaturgo. La idea de que escribía literatura no se le habría pasado por la cabeza. Sus palabras estaban escritas para el escenario. Pensadas para ser recitadas, no leídas”, apuntó Dylan.
Después, acabó con las dudas y selló su destino no solo como intérprete, sino como uno de los grandes de nuestros tiempos.
“Cuando escribía Hamlet, estoy seguro de que pensaba en muchas cosas: “¿Quiénes son los actores adecuados para estos papeles?”, “¿Cómo debería representarse?”, “¿De verdad quiero ambientarla en Dinamarca?”. Su visión creativa y sus ambiciones estaban sin duda en primer plano, pero también había asuntos más mundanos que considerar y resolver. “¿Está asegurada la financiación?”, “¿Hay suficientes butacas buenas para mis mecenas?”, “¿De dónde voy a sacar un cráneo humano?”. Apostaría a que lo último que se le pasaba por la cabeza a Shakespeare era la pregunta “¿Esto es literatura?”.
En este mismo escrito, también quedó completamente claro por qué no había ido, al mismo tiempo que le daba la entrada a su lugar en la historia a un lado de figuras como Hemingway, Thomas Mann o Gabriel García Márquez.
“Suelo estar absorto en mis proyectos creativos y en los asuntos cotidianos de la vida. “¿Quiénes son los mejores músicos para estas canciones?” “¿Estoy grabando en el estudio adecuado?” “¿Está esta canción en la tonalidad correcta?” Jamás he tenido tiempo de preguntarme: “¿Son mis canciones literatura?” Por eso, agradezco a la Academia Sueca, tanto por dedicar tiempo a considerar esa pregunta como, en definitiva, por brindar una respuesta tan maravillosa”.
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