Donald Trump anunció en enero de 2026 la creación del Board of Peace, un organismo (presidido por él mismo) que, según sus publicaciones en Truth Social, busca "solidificar la paz en Medio Oriente" y "embarcarse en un nuevo enfoque audaz para resolver conflictos globales".
Ideado como el noveno punto de su plan de 20 puntos para Gaza y ratificado por la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU, el Board integra a figuras como Marco Rubio, Tony Blair, Jared Kushner y Ajay Banga, con un mandato específico sobre la gobernanza, la reconstrucción y la estabilidad de largo plazo en Gaza. Y, además, con la idea de replicar este modelo para la resolución de otros conflictos.
Ante este anuncio, me cuestiono si el sistema internacional cuenta con cientos de instituciones (la ONU, sus múltiples agencias, el propio Consejo de Seguridad, alianzas regionales y mecanismos de mediación bien instrumentados) diseñadas precisamente para esto, ¿por qué tuvo que llegar un presidente estadounidense a "poner orden"? Algunos argumentarían que el sistema no funciona, otros, que quienes lideran el sistema no son capaces de generar soluciones, y, quizás la respuesta que más me he encontrado, es que el sistema está sumamente desgastado.
El presidente Trump puede tener razón en la necesidad de buscar alternativas innovadoras para afrontar conflictos que, como el de Gaza, parecen irresolubles. Pero, si éstas no se construyen sobre una base institucional sólida, con reglas claras de rendición de cuentas y continuidad más allá de, no una administración, sino un hombre, quedan expuestas a muchos otros elementos; como por ejemplo, el lucro político de conseguir la paz en Medio Oriente, en un año electoral en Estados Unidos. Si observamos el panorama que afronta el Partido Republicano para retener la mayoría en el Congreso este noviembre, y con estados clave en juego, el accionar del presidente Trump cobra otro sentido.
Es evidente que el sistema internacional no siempre funciona y que existen áreas de oportunidad. Pero ya existen instrumentos que persiguen exactamente lo que busca el Board of Peace: fuerzas de estabilización, misiones de reconstrucción y coordinación entre donantes, entre otras.
Lo que a Trump le sobra en dinero, atención mediática y capacidad de presión para conseguir sus objetivos, al sistema tradicional le sobra en institucionalidad y debido proceso. La solución no está en elegir entre uno u otro, sino en aprender a combinar la eficacia de lo que propone hoy la Casa Blanca, sin dejar de lado los contrapesos que evitan que el mundo regrese a la ley del más fuerte.
Tomemos este caso como aprendizaje de cara al futuro. Si la innovación diplomática y la forma en que se afrontan los conflictos requieren de la desarticulación de sistemas estables cada vez que fallan, que se haga con la agilidad que plantea la administración Trump, combinando la transparencia y el debido proceso de las organizaciones internacionales.
La historia nos ha enseñado que la paz duradera no se construye con la pura voluntad de quien llama a negociar en la mesa, sino con instituciones que acompañen los procesos, y sobre todo, que sobrevivan a quien las creó.
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