Me queda claro que, como hemos venido reflexionando, la masculinidad encuentra en el ejercicio de la paternidad una de sus más importantes manifestaciones, en el entendido de que ésta siempre se realiza en la adopción.
Ahora bien, acorde al camino de la analogía que hemos escogido, esta capacidad de adoptar, es decir, de asumir, acoger, amar, proteger y promover al otro, sin violencia, con amabilidad, respeto y firmeza propias de la paternidad, debería estar presente en todo hombre. De igual suerte que ser padre no es un hecho biológico, la paternidad como característica de la virilidad podría realizarse con independencia del ejercicio de la sexualidad, la procreación, las preferencias sexuales y del matrimonio sea natural, civil o religioso. Veamos.
Un joven estudioso toma la decisión en libertad y de común acuerdo con su pareja de no tener hijos propios por ninguna de las vías posibles, con el fin de dedicarse, entre otras cosas, al ejercicio pleno de su profesión, digamos, de la medicina. Considera que cada persona es importante y entiende su vocación como una oportunidad para hacer el bien posible al prójimo, como un vehículo para sanar, acompañar y, en su caso, consolar al paciente con afecto, firmeza y amabilidad. En otras palabras, como la posibilidad de asumir al otro en su humanidad. Desde una perspectiva cristiana, diríamos que el buen samaritano es un hombre misericordioso que semeja la conducta de Dios padre, quien no hace distinción de personas.
Pensemos ahora en un profesor, del nivel que sea. Entiende que no tiene vocación alguna por la vida en pareja. Comprende su existencia como una misión a realizarse en la docencia. Al educar asume, promueve y coadyuva a formar seres humanos capaces de hacer el bien, de ser buenos ciudadanos. Con su proceder marca la vida de sus alumnos e incluso se convierte en un ejemplo a seguir. Su forma de entender la vida está asociada, sin duda, a la paternidad. Muchos hemos tenido la fortuna de haber tenido un profesor así.
Reflexionemos ahora en un hombre que decide renunciar a un amor exclusivo, particular. No hará vida de pareja ni ejercerá la sexualidad activa para vivir en lo que se conoce como celibato. Decide, pues, seguir el camino del sacerdocio. Entiende su vida como un ministerio, una misión de entrega a los demás en la caridad y el servicio sacramental. Sin duda, está ejerciendo una forma de paternidad en el acompañamiento, escucha y consuelo. En su trabajo pastoral puede transformar la vida de las personas desde lo profundo de sus corazones, así como la de comunidades enteras. Hace presente a Dios en la vida del prójimo. Es un hombre pleno que ejerce su virilidad en la paternidad.
Si los hombres nos reconciliáramos con nuestra identidad masculina y asumiéramos nuestra paternidad sin condiciones, dentro del inmenso caleidoscopio de posibilidades que implica, estoy seguro de que haríamos un aporte muy significativo para lograr una sociedad amable, en paz y justicia. Somos la mitad de la población y también los actores principales de la violencia personal, familiar, social y política.
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