El reino de la luz. No había angustia en la mirada fija de mi amada compañera de vida de medio siglo, sino asombro. Luz Fernández de Alba fue dejando de respirar el sábado a mediodía. Acaso percibí un esfuerzo distante de atención a mis palabras de despedida y a las de Adriana, su hija. Pensé en el reino de la luz adónde van las almas buenas al morir, de acuerdo con la idea con que un amigo jesuita nos ha reconfortado, a mi familia y a mí, en la pérdida de seres queridos. Ese reino más allá de desquiciamientos, mezquindades, rencores, disputas, ambiciones. Ese reino irradia su luz de paz sobre quienes nos quedamos. Quizás por eso la primera pregunta de mi amigo jesuita al recibir la noticia fue: ¿Estás en paz?
Llegan los amigos al pésame y me cuentan qué esté pasando en México y en el mundo. Mantengo mi mente libre de la obligación de darle seguimiento a desquiciamientos, atrocidades, mezquindades y disputas de este ruinoso fin de ciclo en nuestro país y en el planeta.
A la muerte de Luci acuden nuestras viejas lecturas y ecos musicales. Me es ‘dado’, como añora López Velarde, ‘remontar el río de los años’ y volver a compartir el amor imperecedero de El museo de la inocencia. La alegría y el llanto siempre que acudimos a gozar y a sufrir con La Traviata. El reino de Los Beatles hermanado, entre tantos otros recuerdos apasionados, al antiguo reino de Nervo. Un fin de semana imborrable ante mi ‘amada inmóvil’ que ahora veo con sus ‘ojos de caleidoscopio’ en un ‘cielo de diamantes’.
Épocas y amistades desfilan frente a ella y hacen gotear mis ojos lacrimógenos. Mensajes presenciales y digitales por y para Luci llenan estas horas de amor, dolor y reconciliación.
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