Tras la derrota de Luiz Inacio Lula da Silva en la primera vuelta electoral en Brasil, se desborda la cascada de comentarios que afirman que Claudia Sheinbaum se está quedando sola como presidenta de izquierda en América Latina. No coincido. Se queda acompañando a sus aliados Miguel Díaz Canel y Daniel Ortega/Rosario Murillo.
No. México no es el “último reducto de una izquierda que resiste”. Hay que valorar qué tan de izquierda son las decisiones del gobierno morenista, porque mientras los guindas reivindican con estridencia su identidad de izquierda y acusan a cualquier oposición de conservadores de derecha, sus decisiones cuentan otra historia. Una historia de pragmatismo económico, concentración de poder y restricciones a libertades. Medidas lejanas a una “izquierda democrática” y cercanas a la ruta recorrida por Venezuela, Cuba y Nicaragua.
En materia económica, el discurso contra el neoliberalismo convive cínicamente con políticas que recurren al capital privado. Buscan permanecer en el TMEC y atraer inversión. El Plan México es otra muestra de ello. No se cuestiona que México necesite inversión, empleo y crecimiento. Lo cuestionable es la contradicción entre esta realidad y la retórica que convirtió al neoliberalismo en la explicación de todos los males del país.
La contradicción deja de ser discursiva y se vuelve preocupante en el terreno político. Esta semana entró en vigor la reforma constitucional que impedirá que una persona con doble nacionalidad pueda aspirar a la Presidencia, una gubernatura o la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México sin renunciar a su otra nacionalidad. El gobierno la justifica en nombre de la soberanía. Sus críticos advierten que restringe derechos políticos ciudadanos. Lo relevante es que disposiciones similares existen en Cuba, Nicaragua y Venezuela.
La misma señal aparece en la “Ley Antimemes”. Si bien la propuesta no prohíbe expresamente los memes, su redacción genera preocupación entre personas y organizaciones defensoras de la libertad de expresión por la posibilidad de interpretaciones que alcancen la sátira, la parodia o la crítica política. Y qué decir sobre la persecución de la administración del Poder Judicial a la jueza en retiro que aceptó -hace dos años- dar curso y conceder una suspensión contra la iniciativa de reforma judicial. Suspensión que, por cierto, no fue acatada por el Congreso.
Por eso resulta ocioso discutir si Sheinbaum es de izquierday si se está quedando sola. Lo que importa es observar sus decisiones.
Un gobierno puede defender programas sociales y, al mismo tiempo, favorecer la inversión privada. Puede declararse de izquierda y adoptar políticas económicas pragmáticas. Pero no puede pretender que la concentración del poder, el debilitamiento de contrapesos y la restricción de libertades sean compatibles con una democracia.
Sheinbaum no se queda sola como presidenta de izquierda. Lo que está sucediendo es algo distinto y mucho más peligroso: ella encabeza un gobierno que conserva el discurso social, incorpora mecanismos económicos que antes condenaba y, simultáneamente, se aproxima políticamente a prácticas que encienden todas las alarmas democráticas.
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