En los últimos meses he sido observador involuntario de escenas que, de una forma u otra, ponen en duda el pensamiento convencional sobre la juventud o, mejor dicho, cuando la cursilería woke beatifica a un determinado grupo poblacional no por sus méritos sino exclusivamente por su edad. Una fue cuando una chica al frente de una librería madrileña no tuvo la menor idea de quien era un tal Søren Kierkegaard; otra, un chaval quejándose del trabajo duro (eso sí: muy …
