El sábado España alojó dos escenas que, más que coexistir, compitieron por definir la palabra democracia. En Barcelona, Pedro Sánchez reunió a representantes de 21 delegaciones en la IV Reunión en Defensa de la Democracia y fijó la agenda de discusión en tres ejes: instituciones y multilateralismo, tecnologías digitales y desinformación, y justicia social contra la desigualdad. Entre los asistentes estuvieron Lula da Silva, Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro.
La escena de Barcelona tenía una incomodidad de fondo: varios de sus protagonistas hablan en nombre de la democracia mientras cargan, en distintos grados, con la sombra de la corrupción, la opacidad, el desgaste del entorno democrático o la impunidad. En Sánchez esa sombra hoy toca a su círculo más próximo; en Sheinbaum pesa más como fatiga acumulada del oficialismo y debilitamiento de contrapesos. Los casos de Maduro y Orbán muestran el destino de esa pendiente cuando no se corrige y deja de ser una anomalía para convertirse en sistema.
En Madrid, el tono fue distinto. María Corina Machado habló primero ante la prensa y después ante miles de venezolanos en la Puerta del Sol. Su idea central fue mucho más cruda: la garantía para la estabilidad de Venezuela son elecciones limpias y libres. También justificó su decisión de no reunirse con Sánchez con una frase contundente: las declaraciones de Barcelona.
Lo que vimos en España no es izquierda contra derecha en su versión analítica más perezosa. Se trata de dos jerarquías morales en pugna. Una, la de Barcelona, coloca en primer plano la desigualdad. La otra, la de Machado, parte de una exigencia anterior a todas las demás: sin voto libre, sin posibilidad real de alternancia, sin urnas que cuenten, la democracia deja de ser régimen y se vuelve decoración. La primera piensa cómo corregir democracias erosionadas o autoerosionadas; la segunda, cómo recuperar una democracia secuestrada.
En Barcelona, además, se hizo visible una forma de indulgencia selectiva que ya conocemos en América Latina. Sheinbaum propuso una declaración contra una posible intervención en Cuba, mientras Sánchez insistió en la defensa del multilateralismo y del orden internacional basado en reglas. Todo eso puede leerse como defensa del derecho internacional. Pero también muestra el riesgo de una conversación que, en nombre de la soberanía, se vuelve ambigua frente a regímenes que ya clausuraron la competencia democrática.
Machado llegó a Madrid a revertir el desorden moral que produce una parte de la conversación progresista cuando trata a Venezuela como un expediente de geopolítica, de soberanía o de equilibrio regional, y no como lo que es para millones de ciudadanos: un país donde la cuestión decisiva sigue siendo si se respetará o no la voluntad popular. Su frase sobre las elecciones libres fue la forma de volver a fijar el criterio del juicio democrático.
El sábado español dejó una imagen precisa de nuestra época. En Barcelona, una democracia que quiere salvarse a través del multilateralismo, en el viejo registro de la Internacional Socialista. En Madrid, una democracia que todavía pelea por existir. Y en medio de ambas, la advertencia para la región: cuando la justicia social pretende sustituir a la libertad, no se construye una democracia más alta. Aparece, demasiadas veces, un régimen que habla en nombre del pueblo mientras se reserva las llaves del poder.
El dilema entre libertad e igualdad es falso: nace de una lógica empobrecida o de una política tramposa. La democracia más exigente no elige entre ambas: las articula en una arquitectura común donde la libertad contiene al poder y la igualdad corrige su concentración. Esa es la tercera idea de democracia: la del liberalismo social de derecho.
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