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El fin de las reglas: la reconfiguración salvaje del orden global

En los escasos dos meses que lleva el año, el panorama global ha cambiado drásticamente bajo la nueva supremacía estadounidense. Dos autócratas –Nicolás Maduro, de Venezuela, y Alí Jamenei, de Irán– fueron removidos a la fuerza del poder: el primero, tras ser interceptado, capturado y luego enviado a una prisión de alta seguridad en Nueva York, y el segundo, al caer muerto, víctima de un bombardeo de precisión quirúrgica por la fuerza aérea israelí.

Sus destronamientos, que hasta hace muy poco hubieran lucido imposibles, se han saldado con una facilidad pasmosa. Un tercer tirano, el dictador cubano, Miguel Díaz-Canel, pende ahora de un hilo, como consecuencia de la renovada ofensiva del gobierno de Donald Trump contra la isla, lo que lo ha llevado a fardar, incluso, sobre su pronta disposición a tomar Cuba, “de forma amistosa, pues no tienen ni dinero ni comida”.

Las reacciones china y rusa a dichas acciones unilaterales han brillado de manera sorprendente por su ausencia. Europa se mantiene en los márgenes como espectador expectante. Los designios imperiales de Trump parecerían entonces fatales e irresistibles.

Diversas voces, señaladamente, el secretario general de la ONU, António Guterres; el presidente español, Pedro Sánchez; dirigentes de izquierda como Jeremy Corbyn o Jean-Luc Mélenchon, junto con distintas oenegés han clamado contra esas operaciones, en invocación del derecho internacional y del multilateralismo y en condena al craso unilateralismo trumpiano.

Otros, en cambio, argumentan, acaso con razón, que el multilateralismo ha servido de coartada para dar renovada vida a los tiranos y el derecho internacional, o como camisa de fuerza jurídica para evitar la intervención en Occidente, y que ha sido precisamente la inacción de Naciones Unidas frente a la relección fraudulenta de Maduro en la elección de julio 2024 y ante las masacres de la población civil perpetradas por la teocracia iraní, entre otras instancias, lo que los mantuvo en el poder, pero, sobre todo, en la impunidad.

Es cierto, también, que no ha habido nada en las motivaciones de Trump que haga pensar en una intervención humanitaria o que haya buscado promover la democracia o los valores del liberalismo en esas naciones. Todo lo contrario, han privado el afán del poder y los intereses económicos más crudos y descarnados.

Lo que importa, no obstante, en términos de frío y desapasionado análisis político, es que, más allá de las consabidas consideraciones, éticas, morales, jurídicas y legales, el orden global ha ingresado en una nueva etapa de realpolitik, disposición pragmática de las relaciones internacionales, centrado en el poder y en el interés, con nula consideración por la ideología o la moral o la ética. Tendencia, que luce hoy irreversible, y que está forzando, se quiera o no, a una nueva y despiadada reconfiguración del orbe, dividido en zonas de influencia, bajo la hegemonía implacable de las grandes potencias.

Prueba palmaria de ello es el anuncio por parte del presidente francés, Emmanuel Macron, de que su país va a incrementar de modo sustancial su arsenal nuclear. Lo ha hecho, además, utilizando un vocabulario inquietante y pendenciero, muy alejado de la tradicional y cauta diplomacia gala, alardeando, sin pudor, sobre el poderío militar de su país en sus redes sociales, en los siguientes términos: “Para ser libre, hay que ser temido. Para ser temido, hay que ser poderoso”. Qué duda cabe, se vienen tiempos difíciles y peligrosos, para todos.