Guadalajara , Jal.- Tras semanas marcadas por balaceras, bloqueos y funerales de alto perfil vinculados al crimen organizado, el gobierno de Jalisco intenta limpiar la imagen internacional del estado. No está mal: es parte de su obligación. El problema es que, mientras se intenta corregir esa narrativa, hay otra crisis mucho más doméstica que también daña su reputación: el agua que sale de la llave no se puede beber.
Sin embargo, los estragos del compadrazgo que se han enquistado en instituciones de gran valía ensombrecen a Guadalajara: la segunda ciudad mundialista. Y la razón es tan sencilla como alarmante: el agua que distribuye el organismo operador, el Sistema Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado (SIAPA), no sólo no es potable, sino que es turbia y huele mal.
Una de las principales fallas que ha tenido la administración de Pablo Lemus ha sido su estrategia de comunicación institucional. Tras una incontable cantidad de quejas acompañadas con videos de agua color chapopote, el SIAPA salió con un escueto y muy técnico comunicado en el que, literalmente, pidió a la gente que dejara correr el agua del grifo hasta que saliera un poco clara y entonces pueda utilizarla.
Y enviar ese mensaje en pleno estiaje no es sólo contradictorio, también es profundamente irresponsable.
Lo peor es que este problema de salud pública estalla a menos de tres meses de que la Zona Metropolitana de Guadalajara se convierta en una ciudad mundialista. “La más mexicana”, según el gobernador. Y no miente: lo es. Pero también será la más pestilente.
El mensaje es más que terrible. ¿Cómo explicar que, de los tres países mundialistas, el único donde no se puede beber agua directamente de la llave es México? Peor aún: ¿Cómo dar la cara a las y los turistas de Corea, Reino Unido, Francia o Noruega cuando noten que el agua no sirve ni para cocinar, mucho menos para lavarse los dientes?
La paradoja es dolorosa. Mientras se invierten millones en los alrededores de los estadios, se hace promoción turística y campañas para proyectar a Guadalajara como vitrina internacional, en los hogares tapatíos el problema es mucho más básico: no hay agua limpia.
Por supuesto que no es un asunto menor ni de una molestia pasajera. El agua turbia y con mal olor es, ante todo, un problema de salud pública, pero también un símbolo del deterioro institucional cuando la planeación se posterga durante años y las respuestas oficiales se limitan a comunicados técnicos que no conectan con la realidad de la gente.
Pedirle a la población que deje correr el agua hasta que “se aclare” no es una solución. Es ineptitud y es trasladar el problema al ciudadano, desperdiciar un recurso escaso y admitir, implícitamente, que quien tiene las herramientas para resolver no puede resolver.
Guadalajara aspira a mostrarse ante el mundo como una ciudad moderna, competitiva y orgullosa de su identidad, pero ninguna campaña de imagen puede ocultar lo esencial: una metrópoli que quiere ser escaparate internacional no puede permitir que su agua huela mal.
Si la capital de Jalisco quiere presumirse como sede mundialista, primero tendrá que resolver lo que cualquier ciudad que aspira a ser global debería garantizar sin discusión: que, al abrir la llave, lo que salga sea agua potable y no una preocupación.
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