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Escudo de las Américas: soberanía o sumisión

En El Príncipe, Maquiavelo advertía que un soberano nunca debe basar su seguridad en fuerzas ajenas. Siglos después, el “Escudo de las Américas” de Donald Trump revive esta lógica: no ofrece una alianza de iguales, sino un protectorado de auxiliares. Al excluir a México de esta arquitectura de hierro y satélites, Washington aplica la máxima de que es preferible ser temido que ser amado, convirtiendo la diplomacia en una moneda de cambio electoral.

Esta iniciativa trasciende la lucha contra el narcotráfico, busca asegurar suministros de minerales críticos y desplazar la influencia de China. Bajo protocolos de ciberseguridad hemisférica, países como Argentina y Ecuador ya excluyen a Huawei (5G) para evitar el espionaje chino. En contraste, Beijing intensifica su diplomacia económica con México y Brasil, ofreciendo créditos sin las condiciones militares que impone EU.

El nombramiento de Kristi Noem marca el giro hacia la militarización letal. Washington utiliza la violencia de los cárteles para presionar a México en temas migratorios, bajo la premisa de que no se puede invitar a un socio que "no controla su territorio". Ante esto, la administración de Claudia Sheinbaum mantiene una postura firme: acepta inteligencia —clave en operativos con drones como el MQ-1 Predator en febrero de 2026—, pero prohíbe tropas extranjeras en suelo nacional.

Sin embargo, para sostener esa soberanía, México debe atender la lección final de Maquiavelo: la seguridad real no proviene de retóricas, sino de la fuerza propia y la integridad del Estado. Sheinbaum enfrenta el reto de desmantelar las redes financieras de los criminales, muchos de ellos enquistados en Morena, y erradicar cualquier patrocinio del narco en la política. Solo al desmantelar el verdadero poder de los cárteles, México podrá evitar ser reducido al papel de auxiliar de un imperio. Un Estado soberano y fuerte no requiere protectores externos: demuestra su autoridad imponiendo el orden en su propia casa.