Guadalajara, Jal.- En Jalisco hace rato que el Apocalipsis llegó, pero no lo hizo con trompetas ni fuego del cielo.
Particularmente se instaló en sus principales avenidas, siempre abarrotadas; en la mente de miles de habitantes que caminan o conducen mirando siempre sobre su espalda. Llegó a los grifos de agua potable, desde donde puede salir cualquier líquido… pero no agua potable.
Y sí: también se instaló en la frivolidad de las autoridades que creen que esos jinetes realmente son ocurrencias de gente paranoica.
El primero de ellos no destruye, sólo paraliza. Se sube al camión o al auto contigo sin que lo notes y te acompaña durante dos horas para que recorras 10 kilómetros. No grita ni amenaza. Sólo te deja ahí, atrapado, viendo cómo la ciudad se convierte en un estacionamiento al que no se le ve fin.
La movilidad en Jalisco y sus principales ciudades no colapsa de golpe, se pudre lentamente entre obras eternas y soluciones que siempre, siempre, siempre, vendrán después. Quizás el año que entra. Igual y en tres.
El segundo jinete sale de la llave. No como plaga bíblica, sino como agua pestilente con color a chapopote y microorganismos y metales que simplemente no deberían estar ahí.
En Guadalajara, abrir la llave es un deporte extremo para el que no hay entrenador, pues las autoridades decidieron salirse de la cancha mientras sueltan la vieja confiable: es un problema heredado. Los responsables son los de atrás porque descuidaron la infraestructura.
En cambio, el tercero sí juega en la liga clásica, porque la inseguridad nunca ha necesitado metáforas sofisticadas. Está en la rutina que se recorta, en las calles que se evitan, en el obligado mensaje de “avisa cuando llegues”. No hace falta explicarla, basta con vivirla. Y lo más grave es que, poco a poco, dejó de sorprender.
Y luego está el cuarto jinete: el peor de todos. El que no se ensucia, no se detiene en el tráfico —porque tiene carril preferencial— y no abre la llave en su casa con el temor de ver qué sale. Ese se llama frivolidad y gobierna desde una realidad paralela donde todo es anuncio, evento para redes y selfie para Instagram. Mientras los otros tres causan estragos, este último administra la narrativa oficial y sonríe como si nada pasara.
En el Jalisco mundialista no se advierte un fin del mundo espectacular, un colapso repentino o una ciudad en riesgo por la ira divina. El problema real es que todo sigue funcionando lo suficiente como para que nadie haga nada en serio. Y cuando un estado se acostumbra al desastre, los jinetes salen sobrando.
Ellos ya cumplieron su trabajo. La movilidad, la inseguridad, el agua dañina y la burbuja de privilegios de quienes toman decisiones son la ruta abarrotada que nos conduce hacia el abismo.
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