En 1915, desde su exilio madrileño, Martín Luis Guzmán diseccionó en La querella de México no una crisis económica, sino una tara moral en la clase dirigente. En La inmoralidad del criollo, uno de los ensayos que integran el libro, describía una debilidad intelectual y ética que, tras un siglo de supuestas revoluciones, sigue siendo el guion del poder en turno.
Para Guzmán, nuestros males son de carácter. El “criollo” —ese espécimen que hoy ocupa palacios y mítines— padece una incapacidad patológica para asumir responsabilidad. Si el país naufraga, la culpa es siempre externa: conservadores, pasado o neoliberalismo. Cada sexenio se reinventa la nación con el objetivo de borrar la historia y saquear de nuevo bajo el pretexto de una “limpia” moral.
La política, en esta lógica, no es vocación sino asalto al botín. Lo que hoy llaman “transformación” es el perfeccionamiento de la ley como disfraz. Si antes se ocultaban intereses tras principios de papel, hoy el oficialismo utiliza el “bien del pueblo” o “bienestar” como licencia para demoler contrapesos. Guzmán advertía en Bovarismo y crimen que la veleidad criolla, movida por odio, dinero y la “ociosa maldad de los perversos y cobardes”, inmoló la mejor oportunidad de México.
Esa sentencia resuena en el cinismo contemporáneo. La máxima del obradorismo: “No me vengan con que la ley es la ley” culmina el desprecio colonial por la norma cuando limita el capricho. Para el oficialismo, cualquier freno constitucional es afrenta a la “voluntad popular” que sólo ellos encarnan.
La inmoralidad actual se expresa en el desprecio por la técnica, elevando la lealtad ciega a virtud suprema. El régimen prefiere la ineptitud devota sobre la inteligencia crítica, porque esta cuestiona, mientras el autócrata solo necesita ecos.
Al final, ante el espejo de la historia, la pregunta de Guzmán sigue vigente: “¿Qué vale el error de un solo hombre comparado con el error de la nación entera que lo glorificaba?”. Hemos cambiado de amos, pero el vicio permanece.
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