A menos de 100 días del Mundial de futbol, la primera imagen que recibirán miles de visitantes en su llegada a México será la de un aeropuerto saturado, deteriorado y con obras a medio terminar por haberse hecho a destiempo. México fue elegido desde 2018 como sede, es decir, han pasado más de 7 años desde esa decisión, años en los que se pudo planear, invertir y modernizar la principal puerta de entrada al país, pero se prefirió dejarlo hasta el último y hacerlo mal y con prisa.
El problema no es nuevo, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) fue diseñado para atender alrededor de 30 millones de pasajeros al año, pero ya desde antes de la pandemia operaba por encima de los 50 millones. Esa saturación estructural nunca se resolvió, más bien se administró y hoy, cuando el reloj mundialista ya corre en cuenta regresiva, se intenta “arreglar” a marchas forzadas. La escena es elocuente: pasillos saturados, instalaciones envejecidas, servicios rebasados y trabajos de “remodelación” que debieron haberse realizado hace años.
Peor aún, mientras el aeropuerto se deterioraba, el gobierno apostó por un proyecto alterno que no resuelve el problema: el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles. Con alrededor de sólo 7 millones de pasajeros al año, el impacto del AIFA es marginal frente a la demanda real de la zona metropolitana más grande del país. El contraste no podría ser más claro: el aeropuerto útil está colapsado; el aeropuerto nuevo está subutilizado. Y en medio de esa contradicción está la decisión más costosa del obradorato: la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México en Texcoco, una obra que ya tenía más de 33% de avance y que fue diseñada precisamente para evitar el escenario que hoy vivimos.
Además de una decisión sumamente costosa -se calculan 300 mil millones entre lo que ya se había invertido y el impacto financiero de la cancelación- cancelar el proyecto del nuevo aeropuerto implicó enormes costos de operación que hoy podemos ver. Es decir, se pagó una fortuna por no construir una obra que ya tenía más de 33% de avance y que estaba diseñada para resolver de raíz la saturación aeroportuaria. Su primera etapa contemplaba atender cerca de 70 millones de pasajeros, con potencial de expansión a más del doble. Era una solución estructural y un proyecto estratégico de infraestructura, a diferencia de lo que se tiene hoy: un sistema fragmentado, ineficiente y mal conectado.
El resultado es el peor de los mundos: se canceló una obra en la que ya se habían invertido miles de millones de pesos, se construyó otra que no logra despegar y se dejó intacto un aeropuerto viejo y sobresaturado que hoy, en un intento tardío por salvar la imagen, se interviene a destiempo y con prisa con obras que no resuelven el problema operativo. Mientras tanto, el aumento constante de la Tarifa de Uso de Aeropuerto (TUA) refleja el costo de decisiones mal tomadas que, obviamente, pagan los usuarios.
Este es el verdadero rostro de las llamadas “obras emblemáticas” del obradorato —del AIFA al Tren Maya—, proyectos impulsados con lógica política, no técnica, inauguraciones apresuradas, errores que nos cuestan dinero a los ciudadanos y una ausencia alarmante de planeación de largo plazo.
El Mundial será no sólo una vitrina sino también un espejo, y lo que hoy refleja el principal aeropuerto del país no es modernidad ni eficiencia, es improvisación, subdesarrollo y mediocridad.
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