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Zapata y la libertad como independencia: ideas para el siglo XXI

A 107 años del asesinato de Emiliano Zapata —10 de abril— su lucha por una vida libre de dominación no es memoria: es presente. Darle sentido en el siglo XXI es crucial para nuestra libertad.

La esencia del zapatismo fue el liberalismo patriótico del siglo XIX. Pueblos que combatieron en la Independencia y después contra conservadores y franceses: los antepasados de Zapata auxiliaron a Morelos en Cuautla, pelearon en la Guerra de Reforma y contra Napoleón III. Esa alianza con liberales urbanos arraigó una lógica de derechos naturales y soberanía popular acorde con los pueblos: vida libre fundada en la propiedad de la tierra y el autogobierno. Forjaron así un patriotismo —como señala Alan Knight— en el sentido de Renan: “Haber hecho grandes cosas juntos y querer seguir haciéndolas”.

Desde 1890, ese mundo colisionó con el porfiriato. Díaz y los científicos rompieron con el liberalismo juarista. Adoptaron un darwinismo social inspirado en Spencer para justificar la dominación de una élite. La ley agraria de 1893 impulsó latifundios y despojó a los pueblos de tierras y aguas. El objetivo, como explica John Womack, fue quebrarlos: convertirlos en peones o expulsarlos.

Los zapatistas no quisieron dejar de ser campesinos independientes para convertirse en peones dependientes de las haciendas ni abandonar su patria. No era un problema económico, sino moral. Buscaron —como señala Womack— reconquistar libertades republicanas: “Tierra libre sin amos”, en palabras de Díaz Soto y Gama. Litigaron; la justicia, sometida a Díaz, cerró la vía. La compresión produjo la explosión.

La libertad como independencia —no depender de la voluntad arbitraria de otro— fue el núcleo de esa lucha. También fue la esencia de la República romana: como explica Quentin Skinner, ser libre en Roma era vivir sui juris, bajo el propio derecho. No basta un “amo bueno”: sin independencia, la libertad es ilusión. De Maquiavelo a la Revolución Francesa, esta idea definió la tradición republicana. Hobbes, para justificar el absolutismo, la invirtió: libertad como no interferencia, compatible con la dependencia. Esa noción, irónicamente, dominó el liberalismo moderno. Sin embargo, la tradición republicana arraigó en muchos pueblos de México. Por eso los zapatistas defendieron su tierra: sin ella no había independencia, ni libertad, ni patria.

Hoy, esa idea no es reliquia: es clave para reconstruir la vida libre. Al reducir la libertad a no interferencia, el liberalismo olvidó —como advirtió Kant— que cada persona es un fin en sí mismo. Así se perpetúan dependencias —familiares, laborales, políticas, criminales— que bloquean la movilidad e imponen la tiranía de la cuna. La libertad se concentra en élites y fractura a la nación. Marx tenía un punto: nadie es plenamente libre hasta que todos lo seamos. Las migraciones lo evidencian: la libertad fracasa cuando no se puede vivir en la patria propia.

En México, el problema es urgente. Morena ha asfixiado la vida independiente al desmantelar contrapesos republicanos. La justicia se deteriora y la inversión se colapsa. Sus pactos con poderes fácticos acentúan el conflicto. La política de “abrazos, no balazos” extendió la dominación del crimen. En educación, la restauración del control sindical, la reducción de coberturas y la eliminación de escuelas de tiempo completo, así como la pauperización de la salud pública han erosionado las bases de la vida independiente contemporánea.

Reconstruir un proyecto liberal, basado en la libertad como independencia, exige equilibrios republicanos, seguridad y justicia efectivas; romper dominaciones criminales y corporativas; educación de calidad, seguridad social, cuidados, vivienda, y ciudades que devuelvan tiempo y autonomía. No es nostalgia: es retomar, en el siglo XXI, la causa zapatista de una vida libre de dominación en la propia patria… Continúa Movimiento de Independencia.

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