En Barcelona, en el foro En Defensa de la Democracia, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, formuló —en un discurso inteligente— la pregunta clave de nuestro tiempo: ¿cuál libertad?
En la tradición occidental, la idea más antigua es la libertad como independencia: no vivir bajo el poder arbitrario de otro. Como explica Quentin Skinner, ser libre no es solo poder actuar, sino no estar sujeto a una voluntad ajena que pueda interferir arbitrariamente en nuestra vida; es vivir sin dependencia y conforme a nuestra voluntad autónoma. Este concepto surgió en la Roma republicana, donde la libertad era un estatus: vivir sui juris, bajo el propio derecho. La dominación nace de profundas asimetrías de poder: quien controla recursos vitales puede decidir arbitrariamente sobre el otro. Sin derechos, solo hay concesiones revocables. Para evitar la dominación, el republicanismo busca equilibrios: Estado de derecho, división de poderes, democracia y educación, como decía Manuel Azaña, el gran republicano español, las escuelas son el escudo de la República.
Esta idea republicana de la libertad cobró fuerza en el Renacimiento con Maquiavelo, quien distinguió entre personas libres y dependientes, y entre vida libre y servil. Marcó a los republicanos ingleses del siglo XVII: para Harrington, quien depende de otro vive en sujeción; quien vive de sus propios medios es libre. Inspiró a la Revolución francesa y a Madison. En México, a los liberales de la Reforma, como Ramírez y Altamirano. Pero sobre todo se arraigó en los pueblos libres como los zapatistas: defendieron tierra y agua, base de su libertad, porque no querían dejar de ser campesinos independientes para convertirse en peones dependientes de los hacendados.
A mediados del siglo XVII, Hobbes, en el Leviatán, redefinió la libertad como “ausencia de impedimentos externos al movimiento”, creando así un nuevo concepto: la libertad como no interferencia. Más de un siglo después, Bentham la bautizó como libertad negativa,ya que su existencia depende de la ausencia de restricciones. Al separarla de la dominación, Hobbes volvió a la libertad compatible con el poder absoluto: la vida libre es la ausencia de restricciones concedidas por la voluntad arbitraria del gobernante. Hobbes atacó así al republicanismo, convencido —tras la guerra civil inglesa— de que dividir el poder conduce al colapso. Con el tiempo, explica Skinner, como reacción al terror de la Revolución francesa, la idea de Hobbes, irónicamente, terminó por imponerse.
La idea hobbesiana de libertad como no interferencia ha servido de coartada para dominar. La presidenta de México acierta en Barcelona al denunciar su uso para justificar imperialismos y mercados sin reglas para concentrar poder. Sin embargo, el populismo se nutre de la misma coartada: al proclamar que nada debe limitar el poder del pueblo, el cual encarna el líder o el movimiento, las libertades dependen de la voluntad arbitraria del pueblo que en realidad es el líder. Por ello, el populismo desfigura al republicanismo.
Morena ha llevado esa lógica a la práctica: erosionó contrapesos, sometió al Poder Judicial, debilitó órganos autónomos y toleró concentraciones de poder económico y criminal. En educación regresó el poder a los sindicatos, bajó coberturas, redujo presupuestos a las universidades públicas, eliminó las escuelas de tiempo completo y elaboró libros de texto de pésima calidad que no sirven para aprender, sino para adoctrinar; en salud debilitó servicios; en energía reinstaló monopolios. Puede invocar libertades, pero si dependen del poder, se vuelven subordinación. Urge recuperar el liberalismo como no dominación: independencia efectiva y, como sostuvo Manuel Azaña, también desde Barcelona, el espacio moral y material para que cada persona se desarrolle con plenitud y autonomía.
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