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El papa, de misión en África

Mientras Trump tejía su propia telaraña de mentiras y se enredaba en ella, León XIV emprendía gira por África. En 10 días visitó Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial. Como suele suceder en los viajes pontificios, cada lugar fue elegido con cuidado y su presencia estuvo cargada de significado para fortalecer una catolicidad con vocación misionera en la construcción de la paz con justicia.

En Angola visitó la tierra de San Agustín, la vieja Hipona, para recordar a uno de los padres de la Iglesia occidental, a su vez su mentor y guía espiritual; hizo presencia en Camerún donde los cristianos sufren brutal persecución por el fundamentalismo islámico en el norte del país, encabezado por Boko Haram, para confirmar en la fe y acompañar en el dolor, al tiempo de fortalecer el diálogo con un liderazgo musulmán que también trabaja por la paz en colaboración con la Iglesia; visitó Angola, posiblemente el país con la Iglesia más antigua de la África subsahariana, fundada en 1491 por misioneros portugueses, y la Guinea Ecuatorial, el único país de habla española, de mayoría católica, que ganó su independencia de España en 1968. Abrió el diálogo con líderes políticos y de otras religiones, se reunió con los diversos sectores de la Iglesia, denunció injusticias con particular valentía, confirmó en la fe a los cristianos y tendió puentes de encuentro.   

Durante esta primera gran gira, León XIV, a través de imágenes y palabras, marcó el rumbo de su pontificado, por lo que será necesario glosarla con más detenimiento. Por fortuna, gozó de un apoyo inesperado, por improbable, que permitió que su voz fuera escuchada en todo el mundo. Los ataques de Trump le ganaron la atención internacional, consolidando así un liderazgo fundado en su autoridad moral.

El papa se encontró con una catolicidad llena de imaginación. El signo más potente estuvo donde debe estar, es decir, en la liturgia, por ser el corazón mismo de la religión católica, el momento y el lugar donde se afirma y celebra la fe, cuando los católicos nos hacemos Iglesia, encontramos sentido a nuestra existencia y la fuerza para vivir con esperanza, incluso en medio del dolor. Una liturgia marcada por su entusiasmo, colorido, cantos, danzas, por una profunda devoción y la alegría de encontrarse con Dios. Una forma de vivir la liturgia derivada de un evangelio que se ha hecho cultura en esos pueblos.  

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