Fernando Benítez, el recordado escritor y periodista, solía elaborar la hipótesis, con sarcasmo no exento de verdad, de que los cangrejos mexicanos son muy diferentes a los del resto del planeta. Mientras que éstos jalan a los de abajo para que salgan de la cubeta, los nuestros atrapan las patas de los que ascienden para que se mantengan en el hoyo. El racional es simple: como no se puede mejorar a todos, entonces que la mayoría permanezca en el fondo del cubo. Esto es justamente lo que ha fomentado la autocracia morenista: inocular el resentimiento como lubricante de los acuíferos de la polarización. Me explico.
Más que un partido, Morena es un grupúsculo abigarrado de ambiciones, complicidades y traiciones, donde cada quien ha lucrado como puede. Nunca ha sido un partido orgánico o una representación de clases o cuadros en el sentido tradicional. Es muchedumbre más que organización y cada quien gestiona sus propias filias, fobias e intereses como mejor le acomoda. En suma, nada anormal en política.
Pero en ese magma emergen varios rasgos y personalidades enredadas que se advierten menos. Unos son los tránsfugas que provienen del PRI y del PAN y se acogieron en Morena para evitar líos penales; allí están antiguos funcionarios o gobernadores reconvertidos ahora en burócratas, legisladores o embajadores. Otros son los delincuentes profesionales -del Verde, del PT y algunos de MC-, siempre disponibles al mejor postor para proteger sus patrimonios o reciclarse donde sea. Unos más son los oportunistas que, como no lograron hacer carrera política en el viejo régimen sobre la base de capacidad y competencia, buscaron chambas en lo que con eufemismo los morenarcos llaman “el movimiento”.
Y un último grupo -los puros- son los que toda la vida militaron en las diversas siglas de la izquierda, que envejecieron confiando en que irían “de derrota en derrota hasta la victoria final” y, de pronto, la piñata electoral los colocó en posiciones desde donde ejercen influencia, toman decisiones, salen en los medios y hacen mucho dinero, pese a lo cual -o quizá por ello- exhiben los rasgos propios de quienes entienden la cosa pública como una venganza, como un desquite, porque tienen anidado el resentimiento social en la entraña más profunda de su psique.
Una característica de este último grupo es que, no obstante sus ganancias recientes, no logran superar ni esconder su vulgaridad, sus rencores o su complejo de inferioridad. Lucen relojes, modas o viajes pero no les da para traducirlos en educación, elegancia o clase, las que, como suele decirse, se tienen o no se tienen.
Y la otra es el resentimiento. Bien lo explica Gregorio Marañón en su biografía de Tiberio, el trágico emperador romano: “Como el resentido es siempre un fracasado, fracasado en relación con su ambición, el triunfo le debería de curar…Ocurre, por el contrario, muchas veces, que, al triunfar, el resentido, lejos de curarse, empeora. Porque el triunfo es para él como una consagración solemne de que estaba justificado su resentimiento, y esta justificación aumenta la vieja acritud”.
López Obrador ha sido, sin duda alguna, el mejor exponente de esta patología en la historia mexicana reciente. Pero no el único.
Por eso hay que insistir en la urgente necesidad de examinar, bien y a tiempo, desde una perspectiva psicológica, a los hombres y mujeres que están en el poder, entre otras cosas porque ayudaría a un país sin instituciones a resistir mejor sus daños y maldades.
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