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Otra vez la soberanía

En los últimos días, los círculos oficialistas más altos se han llenado la boca con el concepto de soberanía para negarse a responder las acusaciones contra Rocha Moya y el debate por el pasado mexicano que desató la visita de Isabel Díaz Ayuso. Si ya desde antes del escándalo de Rocha resultaba anticuada la insistencia en el tema de la soberanía, ahora parece francamente risible. Pensemos que no hace mucho, la presidenta Sheinbaum estuvo en España para participar en una cumbre de gobernantes de izquierdas. Se pronunciaron sobre todos los temas habidos y por haber, dizque defendieron la democracia y organizaron una supuesta alianza internacional para oponerse al imperialismo, etc. En otras palabras, debería quedar claro que ninguna actividad política nacional puede desconectarse ya de sus implicaciones internacionales. Por lo tanto, alegar soberanía para evitar la sanción a criminales no es un argumento muy inteligente.

Apenas en la década de 1990 y la primera de este siglo, se desarrolló un concepto y una práctica de gran avance civilizatorio en las relaciones internacionales. Me refiero a la “responsabilidad de proteger”, vale decir, la noción de que todo país serio estaba obligado a comprometerse con la defensa de los derechos humanos en cualquier lugar del mundo y asistir a las víctimas. Lo anterior como resultado de las numerosas y atroces experiencias de genocidios en el siglo XX. Eso caminaba en la dirección del ideal de la Ilustración, donde todos los seres humanos se veían como miembros de un mismo grupo sin distinción de nacionalidades, grupos étnicos ni creencias políticas. Cierto que el ideal de un gobierno mundial es una utopía excesivamente idealista del liberalismo, pero todo lo que nos acerque a una fraternidad internacionalista por encima de las fronteras puede leerse como marca de progreso civilizatorio.  

Nuestra época supone un retroceso derivado del avance de tendencias iliberales, populistas o como quiera llamárseles. Conceptos como “la responsabilidad de proteger” suenan cada vez más lejanos y en su lugar se impone la soberanía como cobija de la arbitrariedad, el autoritarismo y la no rendición de cuentas. Alguna vez, las izquierdas fueron internacionalistas. Hoy, la izquierda mexicana, a falta de elementos para defender a sus militantes ligados con actividades delincuenciales de alto nivel, propone defender “la soberanía”. Regresemos, pues, a los tribalismos cavernarios, siempre bajo la cobertura de un marxismo trasnochado. El nacionalismo, una expresión más del retroceso y fracaso del proyecto ilustrado de la izquierda.

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