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México ante la revolución agrícola

México es el 9° productor y el 14° exportador agroalimentario del mundo (Sader, 2025). Somos líder global en cultivos como aguacate, jitomate y mango, con cerca de 290 millones de toneladas producidas y un superávit agroalimentario de 7 mil 795 millones de dólares en 2024. Sin embargo, el campo que las produce lo hace sobre condiciones estructurales cada vez más frágiles.

Se estima que en 2050 nuestro planeta tendrá 10 mil millones de habitantes. El modelo productivo del siglo XX —basado en el uso de más fertilizantes, más agua y más tierra— está cerca de sus límites físicos y el clima está acelerando su obsolescencia. La FAO estima que, en las últimas tres décadas, los desastres climáticos destruyeron 3.26 billones de dólares de producción, un promedio de 99 mil millones anuales, equivalentes a 4% del PIB agrícola mundial. Nuestro hemisferio concentra 22% de esas pérdidas.

Además, la región que más alimentos exporta al mundo está perdiendo su productividad: América Latina aporta casi 16% de las exportaciones agroalimentarias mundiales con apenas 8% de la población. No obstante, entre 2010 y 2020, 60% del crecimiento agrícola regional se financió con mayor uso de recursos (tierra, agua e insumos), no con mejores formas de aprovecharlos (BID, 2026). En otras palabras, esa expansión se pagó con capital natural que no se puede reponer. México no es la excepción: nuestro país opera sobre una base productiva que el Banco Interamericano de Desarrollo califica como potencialmente insostenible.

Existen herramientas tecnológicas que permitirían revertir esa tendencia: la agritech. Startups europeas, por ejemplo, desarrollan bacterias que activan defensas naturales en cultivos para reducir las enfermedades hasta en 50%, así como variedades de tubérculos con rendimientos 10 veces superiores a sus antecesores silvestres (The Economist, 2026). En Sinaloa, algunos productores han adoptado sensores de suelo y sistemas de IA capaces de predecir enfermedades con semanas de anticipación.

La innovación responde a la presión del mercado, no a una decisión de Estado. Los insumos se encarecieron y el clima es cada vez menos predecible: los productores se adaptan —y lo seguirán haciendo— por necesidad; sin una política para el campo ni apoyos para quienes no pueden financiar esas tecnologías.

México necesita convertir esa adaptación en una ventaja competitiva nacional. Un país que se ha consolidado como referente agroalimentario global no puede darse el lujo de ser pasivo ante la siguiente revolución agrícola. El campo debe regresar a la agenda.

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