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México: una sociedad de cobardes

Desde hace muchas décadas, las mujeres se han dedicado a pensar sobre su identidad y su relación consigo mismas, con los hombres, la sociedad, la historia y con Dios. La riqueza de sus reflexiones, expresada en la literatura, las humanidades y ciencias sociales, es imposible reducirla a una sola propuesta, si bien coinciden en comprender que han sido y son grandes protagonistas de la historia, la pasada y la que construyen cada día, dentro y fuera del ámbito del hogar.

El protagonismo creciente de las mujeres y sus más diversas expresiones no se corresponden con una reflexión semejante sobre lo que significa ser hombre. En este sentido, señalamos la semana pasada la urgencia de pensar la virilidad ante la pérdida de identidad masculina. Apuntamos lo limitado que resulta buscar definiciones precisas ya sea por medios conceptuales o por oposición con las mujeres. Lo que sí podemos hacer, decíamos, es identificar diversas manifestaciones de la masculinidad siguiendo un método analógico. Para empezar, podemos decir que existe ausencia de hombría cuando estamos en presencia de violencia, irresponsabilidad, deslealtad, abandono de los hijos, desprecio a la mujer, uso de las personas para sus propios fines.

En mi opinión, quienes mejor encarnan la ausencia de virilidad serían el criminal, el político corrupto y el padre violento en términos físicos y psicológicos. Lo que tienen en común es el desprecio por las norman básicas de convivencia y el bien común, su profundo narcicismo y la voluntad de usar a las personas para alcanzar sus fines, cosificando a los demás al disponer de sus vidas de distintas maneras: abuso, manipulación, chantaje, maltrato, violencia, sumisión o crimen. Podríamos continuar con otros ejemplos y de todos diríamos que son unos cobardes, es decir, muy poco hombres. 

Lo anterior, siguiendo con el método analogías, nos pone en condiciones de buscar elementos que permitan construir un campo de significados positivos. Recordemos que la masculinidad es como el amor, no podemos definirle, aunque sí caracterizarle en el entendido de que no existe un modelo unívoco capaz de dar cuenta de la complejidad.

En esta lógica, encuentro interesante acudir a los arquetipos que nos proporciona la literatura y los ejemplos de la historia. Pensemos en Odiseo (hoy tan de moda), en el Caballero de Olmedo de Lope de Vega y en Jan Valjean protagonista de la novela Los Miserables de Víctor Hugo. En cuanto a personajes históricos, propongo a San Francisco de Asís y Jesús de Nazaret. Los casos son muy interesantes porque, dentro de su enorme complejidad y profundas diferencias, difícilmente se podría cuestionar su virilidad.

Mi pretensión no es resolver el problema, sino invitar a la reflexión sobre un gravísimo problema que afecta nuestra cultura y que ha comprometido severamente nuestra convivencia social. Estoy convencido de que la crisis de humanidad que nos agobia a los mexicanos está directamente relacionada con la falta de comprensión de lo que significa la masculinidad, toda vez que vivimos en una sociedad dominada por hombres cuyo común denominador es la cobardía. Seguiremos en la próxima entrega.

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