Con relativa frecuencia surge en las conversaciones con amigos una pregunta acuciante: ¿por qué si México es un país de mayoría cristiana, vivimos agobiados por una profunda crisis de humanidad? Por lo regular, se responde con el estribillo de la falta de compromiso y testimonio así en la vida privada como pública; pero esa respuesta me parece muy insatisfactoria.
Por un lado, conduce al fatalismo. Puesto que nada se pueda hacer ante la falta de compromiso de los demás, sólo queda el esfuerzo personal, es decir, actos individuales de la voluntad. Tal actitud pasa por alto algo un dato determinante. La crisis de humanidad está provocada por un sistema de relaciones sociales injusto, en mucho generado por la alianza entre política y crimen, lo que profundiza el ciclo de impunidad y corrupción. Un hecho social que la simple voluntad del individuo no puede modificar. El fatalismo voluntarista tiene nombre propio: pelagianismo. Una forma del narcisismo religioso donde Dios, al final, no tiene cabida.
Por otro lado, se comete injusticia al ignorar el testimonio de millones de cristianos que buscan hacer algo bueno de su vida en bien del prójimo, dentro de sus cotidianas posibilidades. ¿Me van a decir que un taxista que sale de madrugada a trabajar honestamente para llevar el pan a casa, sostenido por su inquebrantable fe en Cristo y su confianza en la Virgen no da un testimonio de su fe? Además, diversos grupos de laicos, denominaciones protestantes y la Iglesia católica cuentan con iniciativas civiles dedicadas a atender muchísimos problemas imposibles de enumerar en estas líneas.
Sin embargo, el cuestionamiento tiene un aspecto en el cual podríamos reflexionar con más detenimiento. Me refiero al ejercicio de la ciudadanía, es decir, la articulación entre la fe, la esperanza y la cuestión pública. No me refiero necesariamente a la participación en un proyecto político determinado. Pensar que hay una opción partidista verdaderamente cristiana, en exclusión de las demás, conlleva la ideologización de la fe, es decir, al fracaso narcisista.
El asunto tiene que ver, más bien, con el reto de aprender a ser cristianos en una sociedad plural y diversa sin morir en el intento. No existe una repuesta sencilla, sobre todo porque compartimos el desconcierto de nuestro tiempo. Hoy, francamente, no hay quien tenga una respuesta autoritativa sobre cómo vivir en una época de cambio, agravada en México por la crisis de humanidad. Estamos ante el dilema del orangután: justo cuando había encontrado todas las respuestas, cambiaron todas las preguntas.
No soy ministro de culto, ni teólogo ni especialista en pastoral, tampoco milito en movimiento alguno ni grupo de Iglesia. Soy un simple católico de a pie, un laico del común con ganas de compartir lo que abunda en su corazón. Propongo empezar del mismo modo en que Jesús hacía las cosas. En oración y observando detenidamente a las personas. En este sentido, me pregunto, ¿Cómo ser buenos cristianos y virtuosos ciudadanos?
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