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Vamos en el mismo barco, y ya hace agua

México cambió más rápido de lo que imaginábamos. Hace unos meses, el Programa Nacional de Población 2026-2030 advertía que el país envejecía y nacían menos niños. El INEGI acaba de publicar la Encuesta Intercensal 2025, levantada en más de siete millones de viviendas. Ya no hablamos de lo que podría ocurrir, sino del país en el que ya estamos.

No es una variación estadística: es un cambio de marea. Con menos jóvenes para trabajar, contribuir y cuidar, México no puede financiar su presente como si el futuro tuviera contribuyentes inagotables.

Menos niños, más adultos mayores

Somos 130.9 millones. Crecemos apenas 0.7% al año, el ritmo más lento en décadas. En 2020, la mitad de la población tenía 29 años o menos; hoy, 32. En la Ciudad de México, 37.

Nacen menos niños. El Programa retomaba una tasa global de fecundidad —el promedio de hijos por mujer a lo largo de su vida— cercana a 1.6; la Encuesta Intercensal la estima en 1.2 para 2024. Aunque se calculan distinto, ambas cifras dicen lo mismo: estamos muy por debajo de los 2.1 hijos por mujer necesarios para que una generación reemplace a la anterior. En la Ciudad de México el promedio es 0.8. Incluso Chiapas, la tasa más alta, apenas llega a 1.8.

Los menores de 15 años bajaron de 25.2% a 21.6% en cinco años; los mayores de 60 subieron de 12.0% a 14.7%. Los hogares se achican: de 3.6 a 3.3 personas por vivienda. El Programa proyectaba que en 2034 habría más adultos mayores que niños; esa fecha podría adelantarse.

Una economía que no genera empleos

Un país que envejece necesita que quienes trabajan produzcan, ganen y ahorren más. México va en sentido contrario.

Entre 2020 y 2025, los hogares que reciben dinero de programas del gobierno pasaron de 25% a 41.4%. En Guerrero, Oaxaca y Chiapas son más de la mitad. No es motivo de orgullo: prueba que la economía no genera suficientes empleos bien pagados y que el Estado sustituye con transferencias el ingreso que el trabajo no provee. Casi 1.3 millones emigraron en cinco años, la mayoría jóvenes: se van quienes deberían sostener al país que envejece.

Y pese a tanto dinero repartido, el hambre persiste. En 6.5% de los hogares algún adulto comió menos o dejó de comer por falta de dinero en los tres meses previos; y en uno de cada cinco hogares con menores afectados, algún niño se fue a dormir con hambre.

Peor aún: el gasto corriente, que incluye estas transferencias, supera la recaudación y la diferencia se cubre con deuda. La Constitución, en su artículo 73, sólo permite endeudarse para obras que generen ingresos, refinanciar deuda o atender emergencias; no para gasto corriente. El sentido común coincide: pedir prestado para repartir hoy es cargarle la cuenta a los jóvenes de mañana, que serán menos. Una pensión no contributiva como único horizonte de retiro para millones de adultos mayores no es una conquista social: es la confesión de que no supimos construir algo mejor.

El problema no es envejecer, sino hacerlo con baja productividad, informalidad elevada, pensiones frágiles y una hacienda que gasta más de lo que recauda. La demografía no causa la crisis: revela la debilidad de lo que construimos.

Una agenda de población para todos

México necesita una política de población que trascienda sexenios y partidos: no una campaña para que las mujeres tengan más hijos, sino un pacto de productividad, cuidados, salud, ahorro y responsabilidad fiscal.

Primero, crecer por productividad. Con menos trabajadores, cada uno debe producir más; eso exige inversión, educación técnica, matemáticas, idiomas y formación continua.

Segundo, un sistema nacional de cuidados. Guarderías, escuelas de tiempo completo y centros de día para adultos mayores permiten a más mujeres trabajar. Hoy sólo 41% de ellas participa en la economía: ahí está la mayor reserva laboral del país.

Tercero, facilitar que los jóvenes formen familia. La principal barrera es independizarse: vivienda cara, empleo precario y horarios rígidos. Los subsidios aislados no han revertido la baja natalidad en ningún país; contenerla exige condiciones de vida compatibles con criar hijos.

Cuarto, preparar salud y pensiones para una población mayor. Diabetes, hipertensión, cáncer y demencias dominarán la demanda médica. Y quienes trabajan sin seguridad social necesitan mecanismos de ahorro antes de llegar a la vejez sin nada.

Quinto, reformar la hacienda pública. Es, con la productividad, la condición de todo lo anterior. Nada de esto puede financiarse con deuda ni con la recaudación actual: se requiere una hacienda que recaude mejor, gaste con eficacia y rinda cuentas.

El momento es ahora

La política y los políticos que México requiere son los que propongan un país viable y con futuro para los jóvenes. El debate y las propuestas deben dirigirse a organizarnos mejor como país, con mente abierta y sin dogmas, porque vamos todos en el mismo barco.

Hay una ventana, no para revertir el envejecimiento, sino para construir las instituciones que nos permitan atravesarlo sin hundirnos. No se mide en sexenios; se mide en años.

La Encuesta nos dice algo incómodo: el agua ya entró al barco. Falta decidir si vamos a achicarla juntos o a seguir discutiendo quién tuvo la culpa mientras nos hundimos.

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