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Debemos mirar a Vietnam

Vietnam acaba de suscribir una asociación estratégica integral con la Unión Europea. En 2025, registró un superávit comercial récord con Estados Unidos, pese a los aranceles de la administración Trump. Al mismo tiempo, impulsa una estrategia que podría convertirlo en una potencia regional de los semiconductores para 2030.

¿Cómo lo está haciendo y por qué debería importarnos?

En julio pasado, Washington redujo los aranceles a los productos de Vietnam —de 46% impuesto en abril a sólo 20%—, reconociéndolo como una alternativa a China. Hanoi no eligió un “bando”, usó la diplomacia para expandir sus opciones: se integró a los BRICS mientras negociaba su asociación con el bloque europeo. Su economía creció 8% en 2025, impulsada por sus exportaciones hacia EU, que alcanzaron 153 mil millones de dólares.

La estrategia ha funcionado, en buena medida, porque el país ofrece estabilidad en el contexto de fragmentación de las cadenas de valor globales. Sin embargo, su verdadera apuesta estructural está en los semiconductores.

Vietnam no pretende fabricar los chips más avanzados del mundo, esa carrera tecnológica la dominan Taiwán y Corea del Sur. Se posiciona pragmáticamente en el segmento intermedio: chips para la industria automotriz o de telecomunicaciones, por ejemplo. Mercados consolidados con rentabilidad probada.

La apuesta vietnamita va en serio: en 2024 captó 23.5 mil millones de dólares de IED en alta tecnología (segundo lugar en ASEAN, después de Singapur). Frente a la necesidad de talento especializado, formará a 50 mil ingenieros para 2030. Actualmente, 30% de sus estudiantes cursan carreras STEM. En suma, invierte en infraestructura tecnológica y ofrece incentivos fiscales —con tasas de hasta 0%— durante cuatro años a las empresas internacionales del sector.

¿Y México?

Tenemos más ventajas: integración regional, economía abierta, múltiples socios y una ubicación geográfica privilegiada. Nos falta lo que tiene Vietnam: voluntad política, visión estratégica y una política industrial de largo aliento, capaz de trascender ciclos electorales.

Jalisco concentra 70% de la industria de semiconductores en nuestro país; participa en prácticamente todas sus etapas, pero con patentes principalmente estadounidenses y taiwanesas. El proyecto Kutsari—que busca desarrollar las capacidades nacionales en diseño y fabricación de chips— podría cambiar esta ecuación si logra articular inversión pública, vinculación universitaria y atracción y desarrollo de talento. Los casos de éxito muestran la necesidad de un esfuerzo sostenido por años, incluso décadas.

México tiene potencial para convertirse en un referente regional de los semiconductores. No para competir con las potencias globales, pero sí para tener una participación relevante en ese mercado. Es un objetivo que exige coordinación entre gobiernos, empresas y universidades. Vietnam lo intenta desde una posición quizá menos favorable que la nuestra, pero con mayor consistencia institucional. Paradójicamente, su sistema político unipartidista ofrece certidumbre.

Jalisco tiene el ecosistema industrial, Kutsari tiene la oportunidad de articular capacidades. México tiene ventajas competitivas claras. Necesitamos pragmatismo, diplomacia y visión de largo plazo para saber aprovecharlas. Mientras tanto, México debería mirar a Vietnam.