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México sí puede crecer: se crece municipio por municipio

El crecimiento económico no ocurre en una abstracción llamada “México”. Ocurre —o se frustra— estado por estado y, en lo esencial, municipio por municipio. La evidencia es clara: mientras el promedio nacional se ha movido con atonía, hay economías regionales que por décadas han crecido a ritmos comparables a “tigres asiáticos”. En el corredor industrial del norte y Bajío destacan Chihuahua, Aguascalientes, Querétaro, Baja California y San Luis Potosí; y, por el lado de servicios, polos como Quintana Roo y Yucatán. El problema es que ese dinamismo no se convierte automáticamente en crecimiento nacional cuando los grandes motores urbanos y estatales no acompañan.

El dato que suele omitirse es aritmético: las cuatro economías estatales más grandes —Ciudad de México, Estado de México, Nuevo León y Jalisco— pesan de manera desproporcionada en el resultado agregado. Y, dentro de ese grupo, CDMX y Estado de México son el núcleo duro por tamaño. Si ahí se crece poco, el promedio nacional se resiente aunque varios estados “la rompan”. Por eso, la discusión pública es parcial cuando se refugia únicamente en narrativas federales: el crecimiento depende también de reglas locales, infraestructura urbana básica y costos cotidianos que determinan productividad, inversión y empleo.

Para que no quede en intuición, tomemos un ejemplo numérico: con datos del PIBE real (precios constantes 2018), el bloque Aguascalientes-Guanajuato-Querétaro-San Luis Potosí pasó de representar 8.37% del PIB nacional real en 2000 a 10.64% en 2024. En el mismo periodo, su PIB conjunto creció 81.1% real, con una tasa anual compuesta de 2.51%, frente al crecimiento nacional de 42.4% (tasa media anual compuesta de 1.48%). Dicho de otro modo: este corredor creció alrededor de 1 punto porcentual más rápido que el país durante casi un cuarto de siglo y ganó más de 2 puntos de participación en la economía nacional. No sólo eso: su incremento absoluto explicó alrededor de 16% del aumento real del PIB de México entre 2000 y 2024. El crecimiento existe, pero ocurre por regiones.

De ahí la tesis: el crecimiento desde lo local también es política económica. Los estados y municipios dinámicos comparten rasgos simples: seguridad para operar, servicios urbanos funcionales y trámites claros. La economía cotidiana no le teme a la competencia; le teme a la extorsión, a la discrecionalidad y a la infraestructura colapsada. Una agenda de crecimiento “de abajo hacia arriba” exige tres movimientos concretos: erradicar la extorsión como problema económico, invertir en agua, drenaje, movilidad y transporte público, y regular mejor: menos gravoso, más ágil, con certeza y digitalización real. Cada hora perdida en traslados, cada falla de abasto y cada trámite discrecional son impuestos invisibles a la productividad.

Y aquí conviene decirlo sin eufemismos: la presidenta Sheinbaum no puede cargar sola con la falta de crecimiento. Hay responsabilidades federales ineludibles, sí, pero el desempeño económico depende también, y mucho, de gobernadores y alcaldes, especialmente de las entidades de mayor peso y de sus zonas metropolitanas. Si CDMX, Estado de México, Nuevo León y Jalisco no despliegan una agenda agresiva de infraestructura básica, seguridad cotidiana y simplificación regulatoria, la aritmética nacional seguirá castigando el promedio.

Sería ingenuo, sin embargo, afirmar que todo se resuelve desde lo local. El gobierno federal también puede ser freno cuando bloquea o distorsiona habilitadores básicos de la inversión. El ejemplo más claro es el sector eléctrico: el rezago en generación y, sobre todo, en líneas de transmisión —monopolio de la CFE— limita la inversión productiva. No importa cuántos anuncios haya de relocalización si las plantas no pueden conectarse de forma confiable y oportuna. A esto se suma el costo de espantar inversión y debilitar reglas del juego en sectores estratégicos y paraestatales: sin capital, sin redes y sin certidumbre, la oportunidad se pierde.

México puede crecer, pero no lo hará con un sólo gran discurso nacional. Crecerá cuando los gobiernos locales entiendan que agua, movilidad, seguridad y trámites son política económica, y cuando el gobierno federal deje de actuar como cuello de botella, empezando por electricidad y reglas que determinan inversión. La lección de 2000-2024 es simple: el crecimiento sostenido ya existe en territorios concretos. La tarea es escalarlo: que el país crezca como crecen sus mejores regiones.

Al margen

En junio de 2027 se elige a 17 gobernadores, por lo que el crecimiento de casi el 40% del PIB estará en juego.