En textos anteriores de Movimiento de Independencia sostuve que el populismo nace como promesa de justicia social, pero en el poder se convierte en dominación. En ese tránsito produce tres degradaciones: desfigura el republicanismo, debilita al Estado al pactar con poderes fácticos y colapsa la economía. El resultado es la asfixia de la vida independiente. El populismo se devora a sí mismo, pero su fracaso no garantiza su fin.
¿Cómo pasa de promesa emancipadora a régimen de dominación? ¿Y por qué, aun cuando su deterioro es evidente, logra perdurar?
El populismo emerge cuando se estanca la movilidad económica, social y política. Amplios sectores pierden control sobre su destino: aunque se esfuercen, no pueden progresar ni realizar su proyecto de vida. La autonomía se erosiona y la supervivencia depende del favor de poderosos. Se levanta un muro invisible entre quienes viven en libertad y quienes sostienen la libertad ajena.
En ese contexto, la estrategia populista se vuelve poderosa. Como advirtió Disraeli —primer ministro británico en tiempos de Marx y Dickens— el país se divide en “dos naciones entre las cuales no hay trato ni simpatía; que ignoran los hábitos, pensamientos y sentimientos de la otra, como si habitaran zonas distintas o planetas diferentes”. El populismo convierte esa fractura en relato moral: bajo el símbolo del “pueblo” unifica a los marginados y reduce la sociedad a dos polos, el “pueblo” y sus “enemigos”. Un líder concentra esa energía y la dirige a la conquista del poder.
Ya en el gobierno, en el periodo inicial, esa potencia se afianza con políticas eficaces de redistribución del ingreso. Investido de ese poder, el populismo —que se proclama la nación entera— afirma que nada puede limitar su soberanía. El líder, erigido en encarnación del pueblo, expropia la fuerza sin freno de la multitud: su voluntad pasa por la voluntad general. Así empieza la deformación republicana: la ley se somete, se gobierna por decreto, se captura al poder Judicial y la educación degenera en propaganda.
Al derribar los límites republicanos sólo encuentra freno en los poderes fácticos, con los que pacta: supremacía política a cambio de captura institucional. El Estado queda debilitado y al servicio de intereses particulares.
Estos procesos culminan en el colapso económico. La arbitrariedad de un gobierno sin frenos, montado sobre un Estado capturado, paraliza la inversión, destruye empleo y revierte la redistribución inicial.
Lo que inició como justicia social termina en dominación. La esperanza se vuelve asfixia y la nación queda peor que cuando inició el ciclo populista. Pero el despertar no garantiza el final. Cuando el populismo controla las reglas electorales y vuelve imposible la alternancia, cruza la frontera y deriva en dictadura, como ocurrió con el chavismo en Venezuela.
Si no la cruza, puede perder; pero el deterioro suele ser tal que otro populismo ocupa su lugar, como en Argentina. El ciclo se repite.
Sólo una oposición liberal reconstruida, consciente de sus fallas y de la lógica populista, puede romperlo y defender la vida independiente. Sobre ello tratarán los próximos capítulos de Movimiento de Independencia.
