La Quinta República francesa, establecida por el general Charles de Gaulle, en medio de la crisis de Argelia en 1958, se apaga. En el horizonte, cada vez más cercano, de la elección presidencial de mayo de 2027, se asoma, ominoso, el espectro de la polarización que desgarra a la sociedad francesa.
De una parte, Rassemblement National (RN), partido nacionalista de extrema derecha, fundado en 1972 por Jean Marie Le Pen, como Front National. De otra, La France Insoumise (LFI), dirigida por el veterano político exsocialista, Jean Luc Mélenchon. En medio del espectro político francés, el centroderecha y la centroizquierda francesa, representados respectivamente por Les Républicains (LR), heredero del gaullismo y el Partido Socialista Francés (PSF), legatario de Léon Blum y de Francois Mitterrand, que hasta hace poco representaban la base de ese sistema político, se desfondan, sin remedio aparente.
RN, actualmente encabezado por Jordan Bardella, joven promesa de la ultraderecha francés y delfín de su antigua dirigente, Marine Le Pen, inhabilitada a participar en esa elección y, en tal virtud, favorito para ganar la presidencia gala. Pese a la supuesta moderación que ha experimentado bajo la égida de Marine, que la llevó a suavizar el áspero y desacomplejado discurso antisemita y racista de su padre, el partido no ha abandonado del todo su pulsión xenófoba, antinmigrante y antieuropea.
Por su parte, LFI ha abrazado con entusiasmo, digno de mejor causa, la defensa del islamismo radical, de los regímenes autocráticos iraní, venezolano y cubano y, de manera incriminatoria, expresiones de violencia militante radical, que para nada se condicen con la lid democrática que afirman jugar.
Ambos partidos comparten, además, el escepticismo o franco rechazo respecto de la Unión Europea y la simpatía por el régimen autocrático de Vladimir Putin en Rusia, lo que los ha llevado a callar, de manera vergonzosa, ante la invasión de Ucrania y las atrocidades allí cometidas. Las dos fuerzas extremistas parecen retroalimentarse en una espiral descendente que valida la teoría de la herradura y que parece conducir, de modo fatal, a la destrucción de la democracia francesa.
El reciente suceso, acontecido en Lyon, por el cual, al parecer, militantes de LFI asesinaron a golpes al estudiante ultraderechista Quentin Baranque, de 23 años, en una reyerta callejera entre jóvenes de ambos extremos, ha conducido a acaloradas discusiones, en foros públicos y medios de comunicación, sobre la legitimidad de arrebatarle la vida a alguien por causa de sus ideas políticas. Hasta ahora, el debate ha abonado para estigmatizar a LFI como un partido intolerante, violento y antidemocrático, mientras que ha conferido una inverosímil aura de respetabilidad a RN.
No sería la primera vez que los extremos se tocan. La historia ofrece incontables ejemplos de cómo la teoría de la herradura política, por la que las supuestas antípodas se acercan y acaban por conducir fatalmente a la quiebra de las democracias. El más notable y proverbial de éstos lo constituye, sin lugar a duda, los enconados enfrentamientos entre bandas de jóvenes comunistas del Partido Comunista de Alemania (KPD) y nazis del Partido Nacional Socialista (NSDAP), que culminaron en la fatal destrucción de la democracia en la República de Weimar y del correspondiente ascenso del Tercer Reich en 1933.
