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CINE: Todos somos monstruos: Mantícora de Carlos Vermut  

Sofía Garnica Esteva

Mantícora (España: Aquí y Allí Films y BTeam Pictures, 2022) es una pequeña fábula y, como tal, pretende enseñar una lección. Pero el largometraje de Carlos Vermut se interna en un derrotero más escabroso, en un tabú penado por prácticamente todas las sociedades modernas —al menos, en términos discursivos: la pedofilia. Para contarnos esta historia, el filme utiliza la imagen de un monstruo mítico y cuyo nombre da origen al título. La ficción es a veces la única vía para contar historias dolorosas y difíciles. 

La mantícora es una criatura del folclore persa descrita como un hombre con hileras de dientes, cuerpo de tigre y una cola llena de púas venenosas; quizá fue confundida por los primeros exploradores y referida después por sus sobrevivientes como un “devorador de hombres”. Esta traducción de su nombre llegó al mundo occidental y fue desestimada por identificarse con los tigres que poblaban las llanuras orientales. La versión fantasiosa nos recuerda a las memorias del cazador Dersu Uzala, de la película homónima (Kurosawa, 1975), en donde el felino funge como un espejo del temor de los propios hombres. Intermitente y espectral en medio de la nieve. Una aparición o un espejo.

El argumento de Vermut apunta a una lectura de consenso: cualquiera puede ser un monstruo, éste dormita al interior de cualquier persona. Sin embargo, su director logra maniobrar felizmente para rehuir la moralidad de la condena. El mayor dilema no es la potencia del “monstruo agazapado en la cabeza” sino su intersticio: el que separa la acción de la inacción, al hombre del tigre. En el medio existe una decisión. Esto es lo que intenta comprender el realizador español sin que por ello imparta catecismo. Ésta es su virtud: comprender desde aquel sitio que se juzga abyecto y que, en el fondo —aunque escandalice—, no puede ser sino profundamente humano. 

El film se desarrolla en tres dimensiones. Julián (Nacho Sánchez) se encuentra al centro de ellas, tal y como el “ego” funciona en nuestra constitución psíquica. Es un hombre joven que dedica la soledad de su tiempo a diseñar videojuegos en realidad virtual. La consigna de sus días es crear una criatura cuadrúpeda, cola de púas, parecida a un león; una mantícora en sus propios términos. 

La segunda dimensión es la pulsión devoradora. Pero esa bestia que existe, primero en su imaginación, dormita en él desde antes. El trasunto psicoanalítico sirve para conectar con el carácter fantasioso del cuento de niños. Julián se encuentra detenido desde tiempo atrás en una edad inaccesible, su infancia, y en el abandono fundacional que ahí aconteció. Un padre siempre distante y, por ello, muerto incluso antes de su propia muerte. Lo que ha devenido en su propia fuga permanente y en límites tenues a sus deseos. 

En medio de diálogos anodinos —a veces hasta molestos y artificiales—, en donde el silencio y los stills de cámara son los verdaderos vehículos de narración, Julián le cuenta a Cristian (Álvaro Sanz Rodríguez), el hijo de su nueva vecina y a quien acaba de rescatar de un incendio casero, mientras esperan a la madre y a los paramédicos, la fantasía que se repetía cuando chico. Le dice, “cuando era niño yo quería ser un tigre”. 

Ésta no es la primera escena reveladora del arco del tigre-hombre; hay otra que se sitúa justo antes del incendio: mientras Julián dibuja de manera callada en el vacío con sus gafas de realidad aumentada, el silencio se ve interrumpido por un piano seguido de más silencio y finalmente por gritos en el departamento contiguo —los de Cristian. Pero el oído que se aguza para escuchar mejor y acudir en su auxilio no es ya el del joven sino el de la bestia recién despertada. A partir de entonces se suceden otro par de escenas reveladoras. 

Después de aquel encuentro, Cristian se convierte en un objeto de deseo para el diseñador al grado tal de llevar a escondidas un proyecto personal en su disco externo, el doble virtual del niño. En una sola toma, se sugiere la consumación del abuso todavía en el ámbito de lo imaginario —aunque con la vertiginosa avanzada de la tecnología, ello sería suficiente para levantar una discusión seria sobre el límite entre lo virtual y lo “real”. 

Así, Julián comienza a convertirse en mantícora con cada decisión que toma. Mientras avanza en su proyecto personal y dibuja las patas y las fauces de su quimera virtual, también se orquesta una metamorfosis silenciosa en él: comienza a adquirir los rasgos del monstruo. Ha permitido que el hombre-tigre de su niñez se cuele en su vida cotidiana a través del miedo —luego vendrán los ataques de pánico, la asfixia paralizante, la melodía de piano de Cristian que motiva sus crisis al tiempo que alimenta a la bestia; un leitmotiv en la película. Hasta que conoce a Diana (Zoe Stein). En ella —otra vez, correlato psicoanalítico—, sublima la pulsión abyecta por tomar el cuerpo del niño no obstante que la chica es —no puede ser de otra forma— inquietantemente parecida a Cristian. Ésta es la única vía por la que él podría abandonar el mundo de su fantasía infantil, la fuga, y completar así su rito de paso al mundo de los hombres. 

En medio, el camino se vuelve accidentado y el joven Julián termina por encontrarse con un espejo, un dibujo a colores, que le devuelve al fin la imagen de aquél en quien se ha convertido como un destino anunciado: el tigre que acecha a su presa en total indefensión. Ésta escena es, por lo menos, el cierre absoluto de una trama fabulesca, brillante y silenciosa. Un relato perfectamente circular e ingenioso que mira sin juzgar una realidad vedada y ominosa: el mundo interior. El anverso que antecede a los horrores puestos en práctica. 

Quizá la única manera de contar algo traumático o terrible sea rodeándolo a través de un subterfugio: la ficción. Porque sólo así podemos ver lo horrible de su rostro sin deslumbrarnos. Superar la inmovilidad del horror para pasar a la acción, una que pueda evitar que aquella cosa, bajo la máscara de cualquier horror, se repita.

*Sofía Garnica Esteva. Antropóloga y lingüista por la UNAM. Ha publicado ensayo y poesía en la Revista de la Universidad de México, Nexos, Casa País, Revista de la Universidad del Estado de México, Revista Presente y Conspiratio, revista de cuyo consejo editorial forma parte.
@sofiageste

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