Luis Mendoza Vega
En algunos países, “puro” funciona como sinónimo de “exclusividad”. Si digo “tengo puros hermanos”, no aludo a una cualidad moral, sino a una excepción. En efecto, no tengo hermanas. En Malacría (2025), de Elisa Díaz Castelo, este matiz aparece en un diálogo entre Elena, la protagonista, y Cecilia, su abuela. Cuando ésta menciona al abuelo de Ele, la joven responde con desconcierto: “¿Pero no éramos sólo nosotras? ¿Puras mujeres?” Leer la novela desde esa expresión permite advertir una concepción de mundo cuya aparente cohesión anuncia sus fisuras.
Cecilia, quien sufre de demencia senil, narra a su nieta la historia familiar. Sin embargo, un dato se convierte en la piedra angular y trascendental del linaje: desde Máxima, abuela de Cecilia, pasando por Fátima, su madre, y Perla, su hija y madre de Elena, todas habrían concebido “sin ser tocadas”. Mediante la transcripción, el enlistado, la transliteración y el recuento, la búsqueda que Ele realiza de su madre desaparecida hace que los recuerdos resquebrajen dicho relato. La supuesta partenogénesis deja de ser un mito de origen para revelar un legado marcado por traumas.
Además, el secreto que sostiene la novela ―el paradero de la madre y las razones de su desaparición― impulsa al lector por páginas pobladas de imágenes poéticas, a ratos en exceso, hasta un desenlace algo predecible. Díaz Castelo hace gala de su experiencia como poeta y narradora ―basta recordar El libro de las costumbres rojas (2023), su primera antología de cuentos, o El reino de lo no lineal (2020), su Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes― para construir una pieza que reafirma su lugar en el panorama actual. Malacría retoma temas de la narrativa mexicana contemporánea como los conflictos identitarios, las teorías seudocientíficas y, sobre todo, la desaparición, vinculada en este caso con la enfermedad mental: Perla vive con trastorno bipolar tipo II.
Las revelaciones finales, que Elena nació por inseminación artificial y que Perla es fruto de una relación incestuosa, explican el desconcierto del primer párrafo. Las mujeres no son “puras” únicamente porque constituyen un universo femenino cerrado; lo son, sobre todo, porque han decidido no ver lo que en verdad las atraviesa. Como observa Elena: “el escritorio encarnaba la única presencia masculina en esa familia dictada por las fases sangrientas de la luna.” La novela sugiere que dicha pureza es una ilusión sostenida por silencios. Resultan sugerentes, en este sentido, los apartados titulados “perfekt”, viñetas con recuerdos que juegan con el pretérito perfecto del alemán y su cercanía fonética con el “perfect” del inglés, ironía que subraya que nada en la memoria puede alcanzar la perfección.
Mi reserva, sin embargo, está en la construcción del narrador principal. No queda claro si se trata de Ele observándose a sí misma gracias al “arte de mirarse desde fuera” o de una voz distinta que, pese a ello, habla casi exactamente como ella. El problema no es la ambigüedad en sí ―que podría ser deliberada y hasta fértil― sino que el registro apenas se modifica de una voz a otra. Cuando Cecilia, ya instalada en la demencia, describe el nacimiento de Perla con la misma cadencia gracias a las elipsis y las metáforas que usa también Elena para sí, la distancia generacional que la novela quiere tender ―entre una abuela que fabula y una nieta que investiga― se disuelve en un mismo timbre lírico. Algo similar ocurre con los fragmentos en tercera persona, que comparten con los de Ele el gusto por las anáforas y ciertas imágenes, como si todas compartieran un solo estilo. Por contraste, resultan más convincentes los personajes secundarios, como Jeni o Adolfo, definidos con economía y mayor precisión.
Pienso en una frase del prólogo que León Felipe escribió para La noche alucinada (1956), de Juan Vicente Melo: “Todo tiende en usted al poema.” Algo similar podría decirse de Malacría: el exceso de lirismo y de descripción, además de la uniformidad de las voces, debilitan por momentos la propuesta, al punto de que madre, abuela y nieta suenan como una sola conciencia dispersa en tres cuerpos. De cualquier forma, Díaz Castelo consigue construir una reflexión sugerente sobre las historias que las familias inventan para sobrevivir. Al final, la verdadera herencia no es la sangre, sino el relato que cada generación decide creer o desmontar a conveniencia.
*Luis Mendoza Vega. Poeta y crítico literario. Miembro y colaborador de Criticismo y secretario de Péndola. Redes y Revistas. Autor de la plaquette Pájaro de sal (2026, Crisálida Ediciones).
@eromenopatroclo
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