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ENSAYO: Puede haber filosofía en todas partes

Diego I. Rosales

Las letras mexicanas se han granjeado en la historia de la literatura un puesto decoroso. Puedo equivocarme, pero una lista breve de nuestros más grandes incluiría a Sor Juana, a López Velarde, a Rulfo, a Castellanos y a Paz. Esta selección es parcial y sesgada, sin embargo, todos han sido traducidos a innumerables lenguas, han entrado al canon universal y podría apostar a que se estudian en las historias de la literatura escrita en cualquier lengua.

El escenario de la filosofía mexicana no es tan halagüeño en el terreno global. Si bien hay nombres relevantes y sumamente interesantes: Alfonso Caso, José Vasconcelos, Luis Villoro o Ramón Xirau; ninguno de ellos, sin embargo, está en el canon de la historia de la filosofía. Algunas de sus obras han sido traducidas a otras lenguas, pero ninguno es un referente de la historia del pensamiento en un sentido universal —si es que eso es posible. Un joven Gabriel Zaid escribía a este respecto: “Si un joven poeta quisiera hacer la tontería de no leer más que lo escrito por mexicanos, podría empezar, al menos, aceptablemente. Una tontería semejante sería imposible para un joven filósofo”. Estoy de acuerdo, y para mayor inri, son Sor Juana y Paz quienes suelen ser citados como nuestros más grandes pensadores. Si bien lo anterior es francamente discutible, no deja de ser un claro signo de la estructura que tiene la forma mentis del mexicano y del tipo de filosofía que de natural solemos hacer. Somos más de ensayo que de tratado, más de metáfora que de concepto, más de estética que de metafísica —a pesar de que el Primero sueño de Sor Juana sea un texto verdaderamente metafísico. Lo interesante aquí es que las inteligencias filosóficas más famosas de México provienen del mundo de la poesía. Xirau mismo fue un poeta extraordinario. 

Quiero, sin embargo, brincarme la barrera y tratar de romper el prejuicio disciplinario, escolástico y jerárquico del que adolecen estas ideas. Porque si la filosofía es importante no es por lo que sucede con ella en las aulas académicas ni en los mamotretos abstrusos que los eruditos han producido. El hecho de no contar con nombres en el canon no debe llamarnos a engaño: la filosofía no está ahí ni tiene por qué estarlo. Su valor está en otra parte. Llámenme ingenuo o romántico, pero creo firmemente que cuando la filosofía busca el canon y la fama, ha abandonado su propósito y se ha convertido en sofística.

Desde la tradición socrática, a la que quiero adscribirme, la filosofía consiste en soltar la tradición sin abandonarla nunca por completo. Será bueno después recuperarla de manera enriquecida, pero el momento filosófico se inicia esencialmente con ese acto de soltar. Como lo ha repetido innumerables veces Miguel García-Baró —recomiendo su Filosofía socrática (Sígueme, 2005) así como su más reciente y tremendo libro Poesía, filosofía, misterios (Sígueme, 2026)—, el acto filosófico por excelencia es el de confrontar con la verdad las creencias que dan forma a la vida, una tarea que ha de ejecutarse en primera persona, aunque sólo sea posible en el contexto del diálogo que la amistad y el amor a los amigos procuran. 

Soltar la tradición significa que todos podemos, en el presente, vivir la verdad por nosotros mismos y en carne viva. Antes que una relación, la verdad es un acontecimiento. Es el hecho de estar vivos, de estar en el mundo y de recibir la vida gratuitamente. Para vivir esa verdad hay que atreverse a mirarla, lo que requiere soltar las certezas que me han sido transmitidas desde mi infancia y que han desarrollado en mí una costra de prejuicios asentada en el fondo de lo que me constituye. No para negarlas —tal vez sean incluso verdaderas— sino para ponerlas a prueba en carne viva en el laboratorio que soy para mí mismo.

La filosofía sólo puede resolverse y vivirse en la acción: intentando cosas, emprendiendo negocios, iniciando relaciones, orando, escuchando al mundo y a los otros en su dolor y en su alegría. El momento reflexivo llegará después y, aunque sin él tampoco hay filosofía, aquél sólo puede desarrollarse sobre la base de la vida vivida. El acto de pensar debe tener algo que pensar. La filosofía es así, en su sentido más crudo, la vida responsable, la aceptación de la razón como la nuez de nuestra vida. Por eso, dentro o fuera del canon, es posible que haya filosofía en todas partes.

*Diego I. Rosales. Profesor de filosofía.
@diegoirosales


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