Valeria List
Las imágenes en la poesía se convierten en símbolos, obran como metáforas o a veces son sólo eso: imágenes. En Sesgo (Ediciones Sin Nombre, 2016) de Claudia Berrueto (Saltillo, 1978), las tres funciones se cumplen y a través de éstas nace un universo poético oscuro en la forma y el fondo.
El estilo de Berrueto se sostiene en una creación figurativa que parte del realismo para luego desprenderse de él:
frente a excavadoras
hablamos del amor que nos deshabita
palacios vueltos escombro
se despeñan por nuestras bocas
yo quiero ser un brazo amarillo de metal
que hunda su cuchara en tu ruina fresca
la gravedad que ahora sí
te deje baldío
De la pragmática estampa de dos personas hablando frente a máquinas excavadoras, vamos a lo surreal: palacios que se despeñan por las bocas de los espectadores. Esta transformación muestra otro procedimiento usual de esta escritura: la voz poética se fusiona con un elemento externo. Además de palacios desbocándose por las bocas, ella se convierte en excavadora y, por último, de manera ya declaradamente metafórica, el interlocutor queda baldío. Lo exterior arrasa con lo íntimo; la relación se vuelve ruina, y así se crea una sinergia: la relación fallida trastorna el paisaje también. De este modo, lo exterior es, a su vez, transgredido por la interioridad.
El nivel simbólico está activo. La tierra se entiende convencionalmente como un elemento pasivo, pero este poema subvierte la estabilidad con la intervención de una máquina que remueve el piso, expone lo que estaba enterrado y lo deja abierto a los ojos de los involucrados. La tierra aquí no está quieta, como no hay estabilidad tampoco en la relación, que se deshabita: la casa es removida en sus cimientos.
Este libro abunda en elementos “primitivos”, como los llama la poeta Gabriela Aguirre en su prólogo, donde resalta la presencia del agua. A diferencia de ella, el elemento que me parece más potente y persistente en este libro es, precisamente, la tierra.
En otro poema leemos:
crees que te sonrío
pero en realidad doy paletadas de tierra negra sobre tu cuerpo
dentro de mí
De nuevo la tierra es removida, pero a una escala más reducida, con una pala; el trabajo ha pasado a ser corporal, involucra a la mujer que habla y escarba. Otra vez lo pragmático se convierte en metáfora. Una vez más, también, de lo exterior, la sonrisa, se va hacia adentro: la imagen de la voz poética enterrando un cuerpo que está, en realidad, dentro del cuerpo de la voz: yo te entierro dentro de mí. Tres versos que avanzan hacia una dimensión cada vez más profunda.
En la tierra se atisba la muerte: este libro se puede leer como una despedida; la separación amorosa de la primera sección es un enterramiento. La imagen de la excavación es persistente, casi obsesiva:
sus ojos tigrean en la cocina
él me habla de las decapitaciones de su infancia
dentro de mí caigo en una excavación que no nació conmigo
Y aún en otro poema:
contemplo grúas y excavadoras
espero con los ojos desbordados de anhelo
el turbador contacto del metal
Cuando el libro se enfoca ya no en el rompimiento, sino en la infancia, la figura del enterramiento persiste:
mi perra se transfigura en cadáver
mientras yo duermo enlamada de rabia
O:
es mi mano diminuta en los pantanos de la infancia
de donde vengo todo el tiempo
En ese pantano y en otro verso que dice “debimos arder con ese olor a petróleo que brotaba de tu pelo”, la tierra se presenta con una identidad acuosa; la inestabilidad que se había manifestado en la excavación ahora está, más bien, en la vertiente líquida de la tierra. El agua que Aguirre resaltaba no es entonces una prístina: “recuerdo el amor que era un vaso de agua derramado sobre la mesa”. En este verso, diálogo con Lizalde y Gorostiza, se vuelven a transgredir los elementos. Mientras que se excava la tierra, el agua permanece estancada, pantanosa o contenida. En todo caso, inestabilidad. La niña que no puede “mirar al mundo con ojos de niña” y que en la noche de Navidad imagina su muerte; la pareja que se deshace; la muerte rondando la vida; el agua que quema “como el desconcierto”. En Sesgo no hay un asidero posible, pues no sólo las relaciones humanas se pierden: los elementos fundamentales del mundo son endebles. Ante este escenario, la muerte se presenta una y otra vez como una sombra porque quizá sea la única certeza posible:
el fragor de la destrucción me llama por momentos
cuando me descubro respirando como un mamífero
y no como piedra
hablando como una mujer
y no como hierba
Esta pulsión destructiva atrae. Los largos versos de Berrueto incitan a su lectura, y la oscuridad de sus imágenes nos llevan al buscado abismo con ellas. La muerte que se vislumbra tiene su asidero en lo visual. Lo mortuorio exuda un líquido oscuro pero exuberante. La abundancia de imágenes nos contagia de su ánimo de muerte, como ocurre en ese poema de López Verlarde donde se honra el espanto —aquí lo aterrado— besando un cadáver.
*Valeria List. Su primer libro, La vida abierta, ganó el Premio de Poesía Joven de la UNAM. Escribió también Calgary (Sombrario, 2021) y Dos veces esto (Malabar,
2024). Compiló el Material de Lectura de María Enriqueta Camarillo para Vindictas: Poetas Latinoamericanas (UNAM, 2020). Ha sido becaria del FONCA Jóvenes Creadores en Poesía y de la T.S. Eliot Summer School. Realiza el doctorado en Literatura Latinoamericana en la UNAM.
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